Página 59 - SENOHI

Versión de HTML Básico

RELATOS DE AMBIENTACIÓN HISTÓRICA |
I SENOHI
|
59
|
Fritz iba acostumbrándose al duro clima de la madrugada pero, todavía tembloroso, buscó el
socaire de una sólida viga de hierro que sujetaba el alero del andén. Con todo su peso cargado
sobre el hombro sano, se acomodó en el refugio que le proporcionaba la férrea construcción y se
abandonó a sus intranquilos pensamientos. A la vez que el apéndice alquitranado decrecía por sus
nerviosas caladas, aumentaba el miedo y la incertidumbre por el vuelco que había dado su vida en
las últimas horas. Su rápida huida no le había dado tiempo para meditar en ello. Recordaba bien
aquel encuentro, la conversación, el pánico, como si estuviera sucediendo ahora mismo dentro de
su mente…
Al igual que la sirena antes del bombardeo, el timbre de la puerta restalló, produciéndole un so-
bresalto en su diván. Estaba repasando metraje eliminado de su penúltimo largo: ‹‹M››, rebautizado
por el público general como ‹‹El vampiro de Düsseldorf››, del rollo podría sacar escenas aprovecha-
bles en un futuro. Apagó el proyector y se dirigió a la entrada. El segundo redoble de timbre avivó
sus pasos.
—Buenas tardes, herr Lang, es un placer volver a verle, apenas tuvimos ocasión de hablar la
primera vez.
Allí estaba el gran hombre plantado en el umbral de su puerta. Alguien se lo había presentado
durante la premiére de ‹‹M›› dos años atrás, los mismos que había tardado Hindenburg en ser un
títere de Hitler, Göring y del personaje que ahora estaba frente a él. Mucho habían cambiado las
cosas desde entonces y mucho había escalado Paul Joseph Goebbels.
A Goebbels, demasiado enclenque y cojo para el ejército alemán de la Triple Alianza, le que-
daba lejos el icono de Siegfried del que tanto se hablaba tras los panfletos nacionalistas en las calles
de Berlin. No necesitaba serlo. Él era el puño vehemente que ejecutaba el mensaje lobotomizador.
Y su vehemencia de poder era únicamente superada por el propio Hitler.
Su tez enjuta, salpicada por los vestigios de viruelas, estaba gobernada por unos ladinos ojos
oscuros, ávidos y audaces ante todo lo que los rodeara. El apelmazado pelo, cuidadosamente pro-
yectado hacia atrás, acentuaba su mirada penetrante y sus duras facciones, dándole un aspecto
perverso. Ese aspecto contrastaba con su corta altura y esa leve e inquietante cojera que humanizaba
su figura. Hasta los ‹‹superhombres›› arios necesitan de la inteligencia de hombrecillos bien vestidos
como él.
—Qué agradable sorpresa —dijo Fritz con la voz firme; la mano preocupada, sin poder parar,
golpeteaba la manilla de la puerta que aún asía.
Se sintió completamente asqueado, pero no mostró ningún tipo de afectación en su rostro,
salvo por un cierto cinismo que se parapetó detrás de su sonrisa de bienvenida. Como un cadáver
entre maniquíes, tampoco se inmutó cuando comprobó quién se ubicaba tras la espalda del ministro.
Thea von Harbou, su mujer, a la que hacía meses que no veía, acompañaba a una de las personas
más influyentes de toda Alemania. De todos era sabido que el apoyo de su esposa al régimen fue
incondicional desde el principio, con sus donaciones y sus escritos, y que precisamente esa discre-
pancia política fue el motivo de su separación, pero ¿hasta tanto llegaba su afinidad con los nazis?
—Hola, Fritz —dijo ella, a medio camino entre un saludo cariñoso y un esputo en la cara—.
Espero que tu amiguita no esté en casa.
—Gerda está en Frankfurt filmando, no has de preocuparte por sacar las uñas. Pero, por favor,
puedes pasar, aunque ésta ya no sea tu casa.
—Bueno, amigos... No hemos venido aquí a discutir, más bien a todo lo contrario —interrumpió
Goebbels, divertido con el desencuentro de la ex pareja.
Fritz sabía, todos lo sabían, que bajo la facha de político refinado se ocultaba un avariento
combatiente dispuesto a hacer lo que fuese necesario para conseguir sus propósitos. Y tenía la fuerza
para hacerlo. No en vano, sus caros trajes llevaban tiempo apareciendo en público a la derecha
del líder que les llevaría a la dictadura de la nación. Hoy su distinguido uniforme reclamaba la au-
toridad que otros le habían negado antes.
Fritz consiguió separar su trémula mano del pomo metálico y se la estrechó al ilustre invitado,
después indicó que se adentrarán en el recibidor con un ademán indiferente.
—Sí, solo un momento…