Página 60 - SENOHI

Versión de HTML Básico

RELATOS DE AMBIENTACIÓN HISTÓRICA |
I SENOHI
|
60
|
Goebbels se giró hacía el Mercedes negro aparcado frente a la entrada y, con voz en grito,
apremió a su único ocupante.
—¡Carla! ¿Cómo es que te demoras tanto? ¡Demonios de mujer!
—Ahora mismo voy, esta maldita grabadora es muy pesada —respondió ruda, casi andrógina,
una rubia entallada en un ajustado vestido negro.
—Es Carla Beleva, mi ayudante. Herr Lang, ¿sería usted tan amable de echarle una mano?
—solicitó el ministro, y sin más, agarrado como un colegial de Thea, se introdujo en la casa.
Goebbels iba escoltado por la sonrisa estúpida de ella, esa que solamente poseen aquellos
que se encuentran deslumbrados ante la presencia de uno de sus ídolos. No había remedio para
Thea, la cual había compartido lecho y pasiones durante tantos años con Fritz, y, por ende, no había
remedio para la mayoría de los habitantes de aquellas tierras zarandeadas por los estragos de la
Gran Depresión posterior a la guerra. Observó un momento a la pareja sonriente mientras se intro-
ducían en su hogar berlinés y se preguntó por la razón que llevaba a todo un país a abrazar el clavo
ardiente de la demencia, a tragarse los embustes y los radicalismos de aquel partido nazi que estaba
hundiendo todo lo que él siempre consideró prioritario, como la igualdad y la convivencia pacífica,
y, lo que era más importante para su egoísmo artístico, que estaba manipulando la libertad creadora
a su antojo. No halló solución en esos pocos segundos de rápidas cavilaciones y bajó las escaleras
de su domicilio en pos de la rubia del coche, con los pasos tan frustrados de ánimo como su mente.
Carla Beleva, búlgara de nacimiento pero adoptada por la codicia, era una intonsa actriz de
poca monta tirando a pésima, del tipo que Fritz no dirigiría ni poseído por el alcohol. También era
la enésima amante del truhán de Goebbels, como se conocía en la mayoría de los salones berlineses.
Los deslices del promiscuo ministro, símbolo de la familia modélica alemana según los discursos del
nuevo canciller de la nación, tomaban un cariz público muy a menudo, por mucho que se empeña-
ran en ocultar las SS y el propio Führer.
Fritz se allegó al flamante auto a través del exangüe jardín, abandonado con la marcha de su
mujer. Caminó con el hollar contrariado pero servil. Se paró a menos de un metro de la ceñida
rubia que, agachada en el amplio habitáculo trasero, forcejeaba con un ingenio de enormes bobinas
para cargar cinta. Arrastraba por el cuero del asiento el aparatoso engendro mecánico del mismo
modo que una bestia arrastraba una presa que no podía cargar. El esfuerzo dibujó unas sólidas for-
mas sobre el lienzo oscuro que configuraba su prieta falda. Por un instante Fritz tuvo la tentación de
apoyar sus manos encima de aquel moldeado trasero, que se movía retozón en presencia de su in-
sidiosa mirada.
—¿Podría usted empujar la máquina por el otro lado, herr Lang? Pesa como la bolsa de un
comerciante judío.
Quizá acostumbrada a otros círculos sociales profirió ese melindroso comentario. ¿Descui-
dado?, ¿intencionado? El caso es que, otrora inofensivo, se tornó desagradable e hiriente a los
oídos de Fritz, debido a la persecución propagandística y hasta legislativa sufrida por esa etnia. Se
tornó desagradable por la dejadez intelectual con que fue pronunciado y por el mero hecho de que
su madre tenía ascendencia hebrea, aunque se hubiese empeñado toda su vida en convertir al
retoño de los Lang al catolicismo. A Fritz se la traía muy floja cualquier tipo de religión, lo cual su
madre nunca llegó a entender, pero no así las diferencias raciales, que por esos tiempos estaban
tan de moda como la voz enigmática de aquella joven actriz de apellido Dietrich, que emergía con
fuerza tras el éxito de ‹‹Der blaue engel››, el ángel azul que había llevado a su colega Josef von Stern-
berg al estrellato. Los boicots a tiendas judías eran habituales y prácticamente diarios por las tropas
de la SA, el brazo armado de la esvástica política. Después de la chanza antisemita de Carla, no
solo dio por zanjada su erótica ensoñación sino que encontró a la bella muchacha soez, incluso
vulgar. A partir de ese instante pensó en ella como un soldado más de la patria, como Goebbels,
como su mujer, como la mayoría de los alemanes ‹‹puros››. Y tuvo la impresión de que todos pasarían
por su casa esa noche.
Con una náusea abrazada a su estómago, rodeó el coche y empujó el pesado armatoste hasta
el borde del asiento, dominado por un lacónico sometimiento y una amplia desgana.