Página 61 - SENOHI

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RELATOS DE AMBIENTACIÓN HISTÓRICA |
I SENOHI
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—¿No le importará que grabemos la conversación, herr Lang? —preguntó Carla, haciéndole
un guiño como si él no conociera más que el lápiz y el papel.
Fritz suspiró. Conocía por la prensa que meses atrás AEG había empezado a comercializar
aquellos angelitos, en su momento le pareció un gran avance, hoy ya no tanto. Grabarlo le resultaba
tan excesivo como sospechoso.
—Por descontado. No tengo nada que ocultar y poca cosa que aportar —dijo, entreverado
de ironía y falsa humildad—. Además tengo curiosidad por ver funcionar este trasto.
—¡Oh, herr Lang! Adoro sus películas, todavía no me creo estar delante de usted, ojalá algún
día piense en mí para un papel.
—Frau Beleva, no podría conseguirle un papel que estuviera a la altura del que está usted re-
presentando en este momento.
—No sea malvado, Joseph se porta muy bien conmigo y no exige demasiado a cambio, ade-
más tampoco actúo todo el tiempo —dijo Carla, devolviendo el sarcasmo—. Aunque es mejor que
no sepa que hablamos de él… Herr Lang, entre usted y yo: es un poco inestable.
—Ajá, entiendo... Pues, ya que somos tan íntimos, llámeme Fritz.
—Está bien: Fritz. Yo llevaré el micrófono y usted, como buen caballero, lleve el magnetófono.
—Espero que no se me caiga, este elefante debe ser tecnología punta.
Hizo reír a Carla, que se adelantó a golpe de cadera hacia la casa. Fritz la encontraba zafia
e insulsa, pero al menos alegraría la vista con ese contoneo mientras sudaba bajo el peso del pro-
greso.
Llegaron al salón, prácticamente arrojó el aparato en el primer sitio que tuvo a mano. No aca-
baba de posarlo con pesantez en una mesilla baja, cuando Goebbels le indicó amablemente que
lo aproximara más al lugar donde estaban ubicados él y Thea, sentados con comodidad y hasta so-
berbia en los sofás del fondo de la estancia. Fritz, con el orgullo mosqueado, cedió sumisamente
una vez más. El desprecio altivo que sufría le dolía casi tanto como ver desperdiciado su mejor Char-
donnay deslizándose por la gorja de Goebbels. ‹‹¡Condenada Thea! ¿Cuándo se enteraría de una
vez esa zorra fascista de que ya no era su casa?››, rumió en silencio. A pesar de las sutiles artimañas
para ofender su dignidad, no desesperó y les siguió el juego. Algo bastante difícil ante personas tan
vanagloriadas de sí mismos y de su raza.
Fritz tomó asiento al lado de sus invitados, los cuales más que invitarse a sí mismos habían
allanado su tranquila morada, y los examinó con fingida serenidad. Nadie dijo nada, sencillamente
permanecieron sonrientes observándose los unos a los otros con sus humeantes cigarrillos entre los
dedos. Entonces Goebbels removió su copa y analizó el suave oleaje del licor dentro del vaso, dio
unos sorbos cortos al caro brebaje, hurtado sin contemplaciones de la despensa etílica de Fritz, y
paladeó ruidosamente. Acto seguido elevó su copa hacia su anfitrión y agradeció el néctar con un
ademán silencioso de su cabeza. En el interior de Fritz iba creciendo una ansiedad y unas prisas por
saber que no exteriorizó, a pesar de que la incertidumbre por la visita y, sobre todo, el canguelo por
los gestos del ministro se estaban apoderando de cualquier atisbo de sosiego que se alojara dentro
de su mente. Para relajar la vista y sus miedos, se dedicó a espiar el rostro de quien había sido su
concubina y esposa. Sabía que su mujer les habría puesto al día de su grado de implicación con el
nuevo régimen. No en vano, debido a su complicidad pasada, ella conocía todos sus secretos. Si
aquella actitud calmosa, excesivamente callada, era una táctica para agobiar al cineasta antes de
su interrogatorio ya comenzaba a dar sus frutos. Querían ponerlo nervioso, presionándolo para que
perdiera el control. Muchos de sus colegas de la corriente expresionista ya le habían alertado sobre
aquel tipo de visitas, cercanas a la extorsión. Muchos de sus colegas ya habían abandonado el país
y muchos de ellos le habían recomendado que hiciese lo mismo: ‹‹No queda lugar para el arte libre
en Alemania››, habían dicho.
Miró con acritud a Thea von Harbou, su mujer durante esos últimos años. Llevaban separados,
según ella a medias, cuatro. La había venerado como esposa y sobre todo como guionista, pero
odiaba cada día más su persona, que rendía toda su creatividad con invidente abnegación a los
pies de una ideología intolerante y destructiva, por él podía pudrirse junto a la carcoma nazi.
—Herr Lang... —empezó diciendo Goebbels.