Página 62 - SENOHI

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RELATOS DE AMBIENTACIÓN HISTÓRICA |
I SENOHI
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—Llámeme Fritz, ya que se está bebiendo mi mejor vino, deme ese placer —contraatacó burlón
y algo atropellado por la congoja.
Carla, de nuevo, carcajeó divertida por la ocurrencia, hasta que Goebbels la miró como a un
perro que se orina sobre una lujosa alfombra y la señorita Beleva enmudeció pálida de pavor. Des-
pués de unos segundos eternos, Goebbels sonrió al fin. Desafiante, molesto y escrutador observaba
al hombre que le plantaba frente con humor punzante.
—¡Fritz! No seas irrespetuoso con nuestro invitado —irrumpió Thea, cambiando su palurdo
semblante de idólatra por una mueca enervada—. Tú ya nunca bebes en casa, prefieres las lóbregas
tabernas en compañía de tus angustiados pintores.
Fritz miró desabrido a su mujer, ya no le sorprendía nada.
—Está bien, querida, la ironía demuestra carácter y buscamos gente con carácter en estos
momentos —dijo Goebbels, mostrando mesura pero dominando la situación desde su trono.
El ministro apaciguó instantáneamente el amago de ira de Thea con solo una frase. Cuando
estaban juntos, a él le hubiese costado al menos una semana y un par de cientos de marcos. Fritz
se escurrió en su sillón, manso como un galileo entre mentes cuadradas.
Enfrente, Goebbels se arrellanó en su sofá, cruzó las piernas amanerado y, antes de hablar,
encendió un cigarrillo aromatizado de color negro que rozaba la cursilería. Todos sus movimientos
eran pausados, medidos, acrecentando la expectación y el nerviosismo, consciente de que todas
las miradas se posaban en su figura.
—Como usted sabrá, herr Lang... Fritz, nuestro partido está a punto de conseguir el control
total de la cúpula del Reichstag...
—Eso será cuando lo reconstruyan, ahora simplemente quedan unas toneladas de polvo de
ceniza parlamentaria —Fritz se mordió la lengua justo al terminar la frase, esta vez se había pa-
sado.
Fue Carla Beleva la primera en reaccionar ante la mordaz crítica. Se incorporó felina y ame-
nazante, alzada sobre su metro ochenta de aria esbeltez. En un primer momento Fritz se tragó su
actuación. Se acercó a él con decisión, para agredirle o sabe dios qué, vociferando proclamas del
partido, braceando acalorada a la vez que repetía, rabiosa, las premisas fundamentales del discurso
nazi, como un bello autómata estropeado que porfía sin cesar con las palabras de una perorata vil
e insustancial. Joseph Goebbels la detuvo con un gesto rápido de su mano y tranquilamente le
indicó que se sentara. Carla miró a Fritz con desprecio, fue en ese momento cuando él se dio cuenta
de que la pésima actriz fingía deliberadamente, estaba intentando enmendar su errónea risa anterior
y así agradar a su protector y fuente de ingresos. Por desgracia para la dama, el enteco mandatario
también había descubierto su pantomima. Goebbels, indiferente como si nada hubiese pasado, pro-
siguió donde lo había dejado en un alarde de autocontrol:
—Esos malnacidos comunistas quemaron no solo un edificio sino también las libertades del
pueblo. Algunas veces pienso que son peores que la escoria judía.
—¿Y qué ganaron con ese acto? Pasaron a ser la tercera fuerza política. Es absurdo, no tiene
sentido.
—Eso ha sido así porque el pueblo alemán ha sabido descubrir su ardid y luego ha elegido
libremente darles la espalda en las elecciones —Goebbels empezaba a gesticular exagerado y a
elevar el tono de voz.
Fritz se rió cínico.
—Ya... nadie les ayudó en su clarividencia —dijo socarrón, estaba lanzado—. Todo el mundo
sabe que los nacionalsocialistas fueron los grandes beneficiados por el incendio.
—No me lo está poniendo usted nada fácil, herr Lang.
—No era mi intención hacerlo, y mucho menos cuando usted entra en mi casa como si le de-
biera dinero o, peor aún, como si le debiese la vida —dijo Fritz, contumaz, sin achicarse, ya no
había vuelta atrás.
Carla seguía pálida como un entierro del Greco; Thea escondía su receloso rostro tras una
copa de vino, que vaciaba con tragos entrecortados.
—¡Estoy harto de sus insinuaciones y mucho más de sus ironías, Lang! —bramó Goebbels,