Página 63 - SENOHI

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RELATOS DE AMBIENTACIÓN HISTÓRICA |
I SENOHI
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fuera de sí—. Si no fuese un respetable ciudadano y el Führer no se hubiera enamorado de sus ‹‹Ni-
belungos››, le abriría ahora mismo un agujero en esa cabezota suya. Pero me conformaré con cen-
surar su reciente filme.
Goebbels se había levantado enérgico, con tanta violencia que un mechón de su aplastado
pelo bailaba como el filo de un puñal delante de su frente, balanceándose al ritmo de sus amenazas.
Mientras tanto Fritz, traspuesto, alimentaba su enojo en silencio por lo que acababa de oír. Era cierto
que su ‹‹Das testament des Dr. Mabuse››, la secuela modernizada del monstruoso doctor criminal
que había adaptado al cine hacía once años, trataba el tema del asesinato y de aquel ‹‹reino ilimitado
del crimen›› de una manera distinta a la primera versión y muy crítica con la sociedad alemana
actual. Y también era cierto que, para un buen observador como Goebbels y su séquito de censores,
la película pudiese despertar algunas ‹‹similitudes inquietantes›› con la política del terror que ejercía
su partido y con la infinita potestad de su líder. Pero de ahí a atreverse a prohibir la obra de un cre-
ador tan reconocido por gran parte del pueblo germano como Fritz Lang iba un buen trecho. Eso
solo podía significar dos cosas: o el partido de Hitler se columpiaba en demasía y apostaba por un
farol, el que había lanzado Goebbels segundos antes para conseguir la atención del cineasta, o,
por desgracia para el mundo y en especial para Alemania, los nazis habían avanzando tanto en su
locura de poder que ya nada ni nadie podría detenerlos, por lo menos desde dentro de aquel país
maltratado. Fritz se carcomía por dentro ante las sombras que se auguraban para cada una de las
expectativas. Sin embargo, de momento, le resultaba suficiente sacrificio escuchar los eructos pa-
trióticos del ministro:
—Necesitamos recuperar nuestro antiguo imperio y resarcirnos
del deshonor que supuso la derrota en la guerra —Goebbels hablaba
rojo de ira, todo su cuerpo uniformado era un instrumento de cólera
autoritaria—. Qué sabrá usted, escondido tras su cámara rodando tri-
vialidades, de lo que el pueblo pide a gritos. Qué sabrá usted y sus
amigos artistas de la gloria germana, si solo buscan la suya propia.
—Al menos mis amigos y yo —siguió arriesgando Fritz—, no te-
nemos que valernos de mentiras y de la debilidad de un viejo senil.
Lang se refería a Paul von Hindenburg con la pulla, al presidente
electo de la gastada República de Weimar desde hacía ocho años. Hin-
denburg había sido un hombre vigoroso, amante de los conservadu-
rismos y la monarquía, un hombre poseído por el rigor del antiguo
imperio prusiano, pero que respaldaba la nueva constitución con su
honor de caballero. No obstante, la ancianidad y los destrozos de su
enferma degeneración hacían del octogenario militar un títere fácil de
manipular. Esta debilidad fue aprovechada por el jefe de los nazis para
clavar su anzuelo en la carne mortificada del presidente de la república,
y así presionar, amparado por la mayoría nacionalsocialista en los es-
caños del Reichstag, a sus rivales políticos y asegurar su incursión en el
gobierno republicano. El viejo zorro de Hindenburg claudicó al fin,
otorgando el cargo de canciller y el control del país a Hitler. Tras esa
forzosa cesión y postrado con demencia el mariscal parecía, más que
un zorro, un anciano e inofensivo tiburón varado en la arena.
—El único que respalda vuestro lunático mensaje intolerante es el ejército, eso tiene un nombre:
dictadura. —Fritz continuó su alocada carrera hacia una muerte valiente.
Incrédulo y furioso, Goebbels desenfundó su pistola y apuntó a la cara del realizador. Con el
álgido cañón de la Luger P08 a medio centímetro de la nariz haciéndole bizquear, Fritz cerró los
ojos. Sus manos taparon el rostro, mientras el cuello, hundiendo la nuca en el respaldo, se afanó
en huir de la guadaña de pólvora que reprendió su osadía.
—¿Cree, Lang, que el ejército respaldará esta bala? —gritó Goebbels, desmedido y rabioso—
. Yo creo que sí.
fritz se
carcomía por
dentro ante
las sombras
que se
auguraban
para cada una
de las
expectativas