Página 64 - SENOHI

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RELATOS DE AMBIENTACIÓN HISTÓRICA |
I SENOHI
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El vaso de Thea se deshizo de temor contra el suelo, sus pavorosas manos dejaron de obede-
cerla, decenas de pedazos de cristal que rebotaron contra las patas de los muebles y las botas de
piel negra del impávido reichminister. La voz de la guionista sonó como la súplica de un niño:
—Por favor, Joseph...
—Está bien, frau von Harbou, pero solo por vos... solo por vos —repitió Goebbels con tono
desaforado, desviando el cañón del arma al suelo—. ¿Volvemos a empezar, herr Lang?
Fritz apartó levemente las manos de su cara y, aún desconfiado, relajó los músculos. Estiró las
piernas, que involuntariamente se habían contraído como un feto en el vientre materno. Su vejiga,
hinchada, dolorida, estaba a punto de estallar, pero no le dio ese placer a su opresor. Lo miró, a
medio camino entre el desprecio y el horror más sincero, y pronunció vacilante:
—¿Qué... quiere... de... mí?
—Le ha costado, pero parece que al fin ha captado el mensaje.
Goebbels abrió un maletín en el que no había reparado, una carpeta sepia salió de su interior,
el emblema nazi presidía la cubierta.
—Lang, aquí tengo un contrato para usted —dijo Goebbels, alzando unos documentos.
El ministro le indicó a Carla que conectara la grabadora y la pusiera en funcionamiento. El ro-
zamiento circular de las dos bobinas produjo un ruido agudo, sonó como un preso gastando sus
dientes contra los barrotes de su prisión.
—Herr Lang…—Goebbels captó la atención del director, habló solemne y claro—: Es mi deber
comunicarle que nuestro Führer, Adolf Hitler, propone y ofrece que sea usted el nuevo presidente de
la UFA y el director de los nuevos proyectos cinematográficos que atañen al gobierno.
‹‹¿La UFA también?››, lamentó el director, y un alarido como una puñalada rebotó contra las pa-
redes de su cerebro, un aullido interno que hacía que sus sienes reventaran de impotencia. Si Goeb-
bels y el espíritu totalitario de la cúpula nazi controlaba la Universum Film AG, la UFA, el mayor
conglomerado de la industria cinematográfica del país, qué sería de ellos, de los creadores: el cine
libre alemán estaría definitivamente condenado. ‹‹¿Fritz Lang cómo director de todas las producciones
estatales? ¿Él cómo una marioneta de ese régimen que buscaba propagar la intolerancia? Ni muerto››,
se dijo. Fritz, petrificado, no se podía creer lo que estaba oyendo. Mucho menos después de lo suce-
dido con anterioridad. Paralizado de estupor hizo una seña a Carla para que detuviese la grabación.
Ésta miró a Goebbels, que asintió diligente. La palanca de parada resonó como una tibia rota.
—Tómese su tiempo, entiendo que necesite unos minutos para asimilarlo —dijo Goebbels de
espaldas, sirviéndose otro trago de vino.
Thea se había acercado a su marido, puso las manos en las mejillas de él casi con ternura, y
susurrándole al oído se sinceró:
—Es tu oportunidad, cariño, ¡nuestra oportunidad! Lo que siempre hemos soñado.
—No a este precio, querida —Fritz eructó las palabras.
Con la mirada perdida, sujetó las muñecas de su odiada esposa con decisión. La apartó hacia
un lado con suavidad y asco y luego, ignorando deliberadamente las ambiciones de Thea, se dirigió
a Goebbels:
—Herr minister, no entiendo su interés en mí después de nuestra acalorada charla y la censura
de mi obra.
—A mí no me mueve ningún interés por usted, incluso yo debo seguir órdenes alguna vez… —
explicó Goebbels algo molesto, mirando su vaso como si dentro estuvieran sus límites—. Pero Adolf
opina que es de lejos el mejor director de Alemania. También cree que su ideología no importa, que
como buen austriaco seremos capaces de convencerlo, que nuestras ideas y las que el pueblo necesite
serán las que nutran su talento para rodar.
A partir de ahí Fritz escuchaba despistado. Ya había tenido que oír muchas veces esa cháchara
sobre el bienestar del pueblo. Él no se la había tragado nunca y no lo haría ahora. Goebbels siguió
explayándose sobre las necesidades de la nación, sobre sus peligros étnicos y territoriales, sobre una
Alemania ‹‹limpia›› y sobre la importancia de la propaganda para llegar a todos, con un cine que los
guiara. Pero Fritz, sumido en sí mismo, solo elaboraba un plan mental que le permitiese evadirse de
aquella condena impuesta.