Página 65 - SENOHI

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RELATOS DE AMBIENTACIÓN HISTÓRICA |
I SENOHI
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—… por eso quiere grabar el momento en el que usted acepte el cargo —continuó Goebbels
más agresivo, lo que llamó la atención del cineasta—. Es bueno que un personaje egregio como
usted esté públicamente de acuerdo con el gobierno. Sería un modelo a seguir para otros artistas
que comparten animadversión al régimen, pasando de ese modo a considerarlo omnipotente. Así
lo quiere nuestro líder. Yo simplemente exterminaría a todo el que nos tiene ojeriza. Goebbels se
acercó al magnetófono y reanudó el caminar progresivo de las enormes ruedas de cinta.
—¿Acepta y se siente capacitado para desempeñar este distinguido honor, herr Lang? —pre-
guntó el ministro, recuperando el tono solemne.
Para sorpresa de todos, Fritz habló invadido por una increíble templanza.
—Herr Goebbels, mi intención no es ofenderle a usted ni al partido y mucho menos las ideas
de nuestro Führer, pero, insisto, creo que se equivoca pensando en mí para tan alto cargo. —Un re-
probador mohín se esculpió en el rostro de Thea; Goebbels escuchaba intrigado—.Yo estoy más in-
teresado en el individuo, en sus pasiones, en sus sentimientos, en sus miedos y la relación de todos
ellos con la sociedad.
—Creo que todavía no lo ha entendido muy bien...
—Por favor, déjeme explicarme.
—Está bien, pero no me haga perder mi valioso tiempo con digresiones inútiles —el nacional-
socialista dijo esto acariciando la cartuchera de su arma, el gesto no resto serenidad a las palabras
del realizador.
—Por ejemplo, en mi película ‹‹M››, una de esas trivialidades como usted ha llamado, ahondo
en el horror que produce un criminal, que bebe la sangre de sus víctimas, a toda una ciudad. Está
basado en un asesino de niñas real, como usted bien sabe, Peter Kürten, y la ciudad, muy real tam-
bién, es Düsseldorf. No me interesaba convencer al espectador de lo que debía pensar, sino trasladar
a imágenes el pánico, con sus consecuencias y reacciones, de cuatro millones de vecinos, sumado
a la causa psicológica que había llevado al protagonista a ese estado de sed homicida.
Goebbels parecía aburrido, como si no hubiese puesto atención a lo que quería exponer.
—¿Sabe qué dijo Kürten antes de ser guillotinado? —preguntó, quedándose en la mera anéc-
dota.
—Sí —respondió Lang, desalentado.
— ‹‹¿Podré oír siquiera un momento el ruido de mi propia sangre saliendo por el cuello?›› —
dijeron al unísono ministro y director.
—Quizá su curiosidad sea la misma, herr direktor —ahora fue Goebbels quien ironizó.
—Lo que quiero decir es que... —Fritz insistió casi sin ganas, como un reo defendiéndose ante
un tribunal convencido de su culpabilidad—. Puede ser que necesite una persona más implicada o
dispuesta a dejarse el alma en tamaña empresa.
—¿Quiere decir que no se ve capaz de realizar ese noble trabajo?
—No, no quiero decir que ‹‹no pueda››, quiero decir que ‹‹no soy el más adecuado››. Quizás
alguien como Leni, con ganas de medrar, que busca la oportunidad de dar a conocer su obra y sus
nuevos avances estéticos sin importarle la introspección, sea más indicado.
—¿Leni Riefenstahl?
—La misma.
—Es una mujer un poco difícil.
—Puede que Leni sea un poco inaccesible, excéntrica incluso, pero es muy capaz y apasionada
para lo que propone. Pese a que tenga fama de inconquistable…
Fritz, desesperadamente agotado, se rindió a la evidencia del vacío soltando una postrera
pulla, una indirecta que ocultaba la incapacidad del ministro para conseguir los favores sexuales de
la escultural realizadora con fama de femme fatale.
Goebbels se rió críptico, con malicia, mas no hizo nada. En esos días el propio Hitler bebía
los vientos por Riefenstahl, pero era conocido que el ministro nazi había intentado llevar a su alcoba
a Leni durante meses sin ningún resultado. Fritz sabía de buena tinta, como se comentaba entre los
bastidores del mundillo cinéfilo, que la deseada Riefenstahl contaba ya con un inmejorable apoyo
en su amistad con Rudolf Hess, otro de los brazos fuertes de Hitler, y no precisaba de los favores de