Página 66 - SENOHI

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RELATOS DE AMBIENTACIÓN HISTÓRICA |
I SENOHI
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Goebbels para hacerse con una posición destacable dentro de la elite aria. La frustración del altanero
ministro de propaganda por este tema era colosal y le había creado una comezón que se transformó
en resquemor hacia la cineasta berlinesa. Goebbels no había desconectado siquiera el grabador y
dejó que Lang continuara cavándose su propia fosa.
—Y por eso pienso que ella es mejor elección para el cargo que yo…
—¿Eso significa que no firmará el documento? —Goebbels, cansado también, buscó un de-
senlace.
—No, aunque necesito más tiempo. Es una decisión complicada.
—De acuerdo, tiene veinticuatro horas —dijo el ministro, harto de plática.
Desenfundó su arma y apuntó con diestra rapidez la cabeza de Carla Beleva, miró furibundo
a Fritz y apretó el gatillo. De manera inefable, la vida de la joven rubia se había esfumado más veloz
que el estruendo del tiro y el humo de pólvora quemada que emigró fuera del cañón. Un hilillo de
sangre manó lentamente tétrico de un gran agujero oscuro en mitad de su frente. Fritz, perplejo, no
sabía muy bien si el abisal ministro había disparado a causa de su vanidad ofendida, por qué vio
algo peligroso en el semblante de Carla o, simplemente, por mera demostración de eficiencia. Pero
lo cierto era que un tremendo boquete de humeante serenidad se abría sobre el trigueño entrecejo
de la malograda ramera del político.
—Ese es el tiempo que tardará la policía en inculparle por la muerte de una de sus coimas,
Lang. A no ser que firme el jodido documento.
Goebbels vació el resto de las balas de su pistola, la limpió cuidadosamente y la depositó a
un lado del sofá, donde se escurría el cadáver de la tierna actriz. Se puso el abrigo sosegado, con
una calma glacial, y cuando estaba ayudando a la aterrorizada Thea a ponerse el suyo, aporrearon
la puerta de entrada. Goebbels la abrió con el aplomo que otorga la impunidad.
—Hemos oído un disparo, señor.
—Cierto, alguien tenía prisa por morir.
Dos uniformes de las SS habían acudido al socorro de su superior. Probablemente fuesen su
escolta. Goebbels se dirigió a ellos con autoridad. Ese hombre raquítico y mandón había convertido
el hogar berlinés de Fritz en un cuartel.
—Tú recoge aquel magnetófono y mételo en el coche, no es precisamente Wagner pero el
Fürher querrá escuchar esa cinta, y tú vigila a herr Lang. Mátalo si hace algo que no sea firmar el
documento que tiene delante. Se apartó para dejar pasar a Thea von Harbou que, muda de espanto,
dedicó a su esposo una mirada definitiva, sin esperanza, antes de salir con paso acelerado hacia el
Mercedes negro.
—¡Thea, quiero el divorcio! —gritó impulsivo Fritz desde el salón.
Goebbels sonrió con estupor a ese hombre indomable que siempre guardaba un corrosivo
sarcasmo para cada ocasión. Dejó pasar también al soldado cargado con el armatoste grabador y
desde el umbral de la puerta contempló, hermético, por última vez a Fritz Lang, que seguía inmóvil
en su sillón.
—Adiós, herr direktor, espero que nos veamos pronto. —Sus labios esculpieron la sonrisa más
amplia de toda la tarde.
Fritz agachó la cabeza y se tapó los oídos con las palmas. Desazonada, su mirada cristalina
se alejó del recibidor, donde el maníaco de Paul Joseph Goebbels cerró la puerta tras su espalda.
Nunca volvería a verlo.
Habían pasado diez silenciosos minutos. El teniente de las SS que se había quedado a custodiarle,
pistola en mano, encañonaba a Fritz desde el idéntico lugar que lo hiciera antes su jefe. ‹‹¿Sería po-
sible que todos los tarados fascistas tuvieran una fidelidad subconsciente?››, se preguntó para sí el
director, machacado por la profunda desazón que se reflejaba en las arrugas de su entrecejo.
Fritz se decidió a firmar. Con la pluma ya sobre el papel, pensó que si firmaba ese contrato se
haría muy popular en la nueva Alemania. Una Alemania opresiva y sin libertad. Él no quería formar
parte de todo aquello, no quería ser un pelele más. Él rodaba cine. Un cine que abriese los ojos y
no que cegara de odio ario. También pensó, mucho más pragmático, que si firmaba y no cumplía