Página 67 - SENOHI

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RELATOS DE AMBIENTACIÓN HISTÓRICA |
I SENOHI
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lo acordado sería condenado por alta traición y fusilado, pero ésa sería la misma posición donde
se encontraba ahora. Así que no le quedaba otra: una muerte honorable en el paredón o una ‹‹afa-
mada›› vida de monigote, como el escudo perfecto para unos dueños hambrientos de exaltaciones
racistas, hambrientos de publicidad y control, deseosos de explotar sus cualidades como cineasta
para impregnar de monotonía al arte. Se imaginó su efigie uniformada detrás del megáfono, mo-
viéndose por un plató imperial y gritando órdenes como hipotético presidente de la UFA. La náusea
por la visión se apoderó de su estómago y, sin embargo muy a su pesar, se convenció de que siempre
sería mejor esa macabra fantasía que morir estúpidamente. Rubricó el acuerdo con una desagra-
dable duda reventándole las sienes y se recostó en el sillón.
El teniente se levantó y recogió el legajo.
—Bien hecho, herr direktor —dijo el militar, guardando los papeles en la carpeta sepia.
Apuntó el cañón hacia Fritz y, caminando de espaldas para no perderlo de vista, se arrimó al
teléfono. Marcó de soslayo y simplemente dijo: ‹‹El pájaro ha firmado.›› Colgó tan confiado y satis-
fecho que se atrevió a girarse a medias para servirse una copa del buen Chardonnay de Lang. Fritz
se había aproximado acezante pero con cautela, arrastrando sus nalgas poco a poco a lo largo del
sillón. Había conservado la pluma oculta por el puño de su camisa todo ese tiempo. Cuando estuvo
lo suficientemente cerca, saltó cerval al encuentro de su carcelero. Hincó con todas sus fuerzas su
estilete improvisado en la faz del sorprendido teniente. El globo ocular explotó con una mezcla de
fluidos rojo y negro que salpicaron las cejas y la frente del agresor. Mientras caían por el empuje del
director, casi sin querer, el asustado oficial descerrajó su pistola. Fritz sintió como si una aguja helada
entrara en su hombro, solo frío, ni una pizca de dolor. El brusco impulso los llevó irremediablemente
al suelo, previo paso por una mesilla baja de cristal, que destazó el desprotegido cogote del SS.
Fritz, sentado a horcajadas sobre el pecho de su rival, comprobó cómo la cara seminoqueada del
hombre estaba adornada con unos feos tajos. En la cavidad izquierda, donde debería haber un ojo,
se elevaba vertical como el mástil de una tartana la pluma de plata sobre un mar de sangre y tinta.
El teniente, amazacotado por el testarazo, barboteó un insulto apenas inteligible.
Fritz, poseído por la frustración y el miedo, rodeó el cuello del hombre con sus manos cargadas
de repulsión. Apretó tan fuerte que estuvo al borde del desvanecimiento por el esfuerzo. Cuando la
tez del militar se tornaba violácea y en ese estado de inconsciencia demente, Fritz oyó desde dentro
de su psique, más cercana cada vez como una tormenta que se avecina, el silbido mortal de su
vampiro de Düsseldorf. Esa melodía, al igual que un canto de sirena, le obligó a cerrar su lazo ma-
nual más y más. Podía distinguir con claridad el acorde funesto, era un fragmento del ‹‹Peer Gynt››
de Edvard Grieg y, como en el drama, se halló atrapado en la gruta del rey de la montaña. Debía
irse de ese país, la nada era su premio si se quedaba. Sus ojos, ofuscados de furia, al fin pudieron
ver lo que sus manos estaban haciendo. Volvió en sí y cedió atormentado en su llave mortal. El te-
niente, próximo al colapso, yacía morado y con la lengua inerte.
Fritz se incorporó, sus rodillas se llevaron varios cristales clavados del suelo. Mirando en de-
rredor descubrió la botella de Chardonnay, recordaría la marca toda la vida porque se la había sal-
vado. Asió la botella por el cuello y la estampó en el maltratado cráneo de su oponente. Fritz acostó
su oreja contra la pechera. Estaba vivo, pero grogui para un buen rato, al menos así aseguraría un
chance de un par de horas. Volteó el cuerpo uniformado boca abajo: dormía como un tronco. Unió
sus manos en la espalda y las ató, junto a los pies, con la ayuda de un cable que había arrancado
impetuosamente de la pared. Levantó la baqueteada cara del teniente agarrándole por el mentón
e introdujo un pañuelo de seda dentro de su boca. Al amordazarlo pudo atestiguar el paupérrimo
estado de sus rasgos faciales. Desde la Gran Guerra no había vuelto a agredir a nadie. Molesto, se
apartó del bulto, bien atado como un paquete, y vomitó encima del sofá. Su mirada se cruzó con
la estática Carla Beleva, la pobre ilusa tenía los párpados abiertos, con los ojos lívidos tan vacíos
como los de un escualo. Volvió a gormar. En su encogimiento convulsivo, se dio de bruces con la
pistola descargada e instintivamente se la guardó en el bolsillo.
Ahora sí que su hombro dolía considerablemente. Inspeccionó la herida en un espejo. Tenía
mala pinta. La sangre fluía en abundancia y apenas era capaz de mover el brazo izquierdo. Oblicuo
ante su reflejo, advirtió, palpándose la espalda, que el proyectil no había salido. No le importaba