Página 68 - SENOHI

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RELATOS DE AMBIENTACIÓN HISTÓRICA |
I SENOHI
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llevarse la bala con él hasta Francia, pero debía detener urgentemente la profusa sangría.
Se aproximó a la chimenea y avivó el fuego con la carpeta sepia que contenía el contrato del
Führer. Completó la lumbre con varios leños de madera de pino, no muy gruesos, para conseguir
un fuego efímero pero intenso.
Corrió escaleras arriba hasta su dormitorio. Desgarró un par de camisas, de las cuales obtuvo
tiras de tela para hacer un torniquete. Metió el sobretodo gris en la maleta que guardaba bajo su
cama. Retornó a las escaleras. Bajó a grandes saltos, golpeando los escalones con el incómodo
petate.
Entró impetuoso en su estudio. De una guantada, desplomó un cuadro colgado en la pared.
Al segundo intento, la puerta de la caja fuerte oculta detrás se desplegó con un chirrido. Azogado,
barrió su contenido, dejándolo caer dentro de la maleta. Varios fajos de marcos bien unidos y al-
gunas escrituras de propiedad se esparcieron en el interior de la valija. Buscó sus películas. Solo co-
gían dos en el equipaje. Descartó ‹‹M››, que inserta en el proyector
anulaba cualquier posibilidad de llevársela. No tenía tiempo que per-
der. Casi sin pensar se decantó por los negativos de ‹‹Das Testament
des Dr. Mabuse›› y ‹‹Der müde Tod››, sin otra preferencia que la prisa.
Calcorreó poseso. Sudaba por la tensión y medio mareado por el dolor
y el miedo. Dejó el pesado bulto en la entrada y regresó a la chime-
nea.
Las llamas habían alcanzado la mayor cota de vigor. Se agenció
del mueble bar la cuchara alargada y metálica que usaba para remover
los cócteles. La colocó con cuidado sobre el fuego y, mientras calen-
taba, se desvistió de cintura para arriba. La cuchara empezó a som-
brearse por la acción del calor a la vez que Fritz anudó las tiras de tela.
Vertió, soplando como una parturienta, media botella de brandy en el
hombro para lavar la lesión. Cogió la cuchara caldeada y renegrida,
ayudándose de los trapos sobrantes para no abrasarse los dedos.
Aplicó la parte ancha sobre la herida. Olió la carne quemada. Y des-
pués de un siseo brutal, por mucho que apretó los dientes, no pudo
evitar emitir un elevado gemido. De rodillas ante la chimenea, su pro-
ximidad al fuego había impedido que se desmayara, examinó la brecha
de la bala: parecía cauterizada y había dejado de sangrar.
Antes de vestirse de nuevo, se atirantó con fuerza el hombro va-
liéndose de algunas vendas. Usó las que aún le sobraban para construir
un apósito, que impidiera empapar la ropa con el líquido rojo que
había vuelto a manar ligeramente. Palpó el envoltorio con la camisa ya puesta y lo dio por bueno:
se antojaba poco resistente en temporada de esquí, pero valdría para salir del paso si no brincaba
mucho. Lanzó una rápida ojeada al fardo inerte del maltrecho oficial: no se movía todavía, ni siquiera
balbucía producto de los sufrimientos propios que podrían despertar sus golpes. Aun así, debía obrar
con agilidad. Había transcurrido media hora, más o menos, desde que el teniente diese el aviso por
teléfono. No podía entretenerse más. Pilló quinientos reichsmark de la maleta y se los guardó en el
abrigo. Salió de la casa y, cargado con lo que le quedaba en la vida, apuró el paso a través del jar-
dín.
Iba agazapado dentro de los cuellos subidos de su gabán. Nevaba levemente. En los primeros
metros de acera, que aún pertenecían a la entrada de su domicilio, tuvo la extraña sensación de
que una mano agarraba su brazo con energía: ‹‹¿Dónde cree que va, herr Lang?››, le pareció oír.
Incluso se giró, trémulo de pavor y con las rodillas achicándose hacia adentro, mientras tartamude-
aba una súplica que solo él podía escuchar. No había nadie a su espalda y esa angustia a ser cap-
turado había hecho reales las tenebrosas elucubraciones. Algo más tranquilo por su soledad avanzó
calle abajo. Se acurrucó de nuevo dentro de sus ropas como el topo en su madriguera, lo cual era
habitual en una noche tan fría y excelente para evitar miradas curiosas. La mano que portaba la
maleta, indefensa ante el frígido viento, comenzó a doler: ‹‹me hubiesen ido bien unos guantes,
entró
impetuoso en
su estudio. de
una
guantada,
desplomó un
cuadro
colgado en
la pared