Página 69 - SENOHI

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RELATOS DE AMBIENTACIÓN HISTÓRICA |
I SENOHI
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¡malditas prisas!››, protestó en voz alta, sin preocuparse de ser oído. Cruzó la calle en el preciso ins-
tante que cuatro faros iluminaban la parte de la calzada que había abandonado. Dos vehículos os-
curos lo rebasaron y Fritz los miró furtivo. Un tercero, en el lado contrario, en su lado, venía a su
encuentro por detrás. Alzó una mano y el taxi se detuvo solícito.
—A Lehrter Bahnhof, gracias.
Atravesando Große Frankfurter Straße comprobó cómo el aspecto de los edificios públicos se
estaba empapando con un tinte imperial. Ampulosas esvásticas adornaban los remates y estandartes
de gran tamaño pendían con aire legionario, anunciando por donde había pasado el cincel nacio-
nalsocialista. Dejó de mirar. El vienés apartó la vista, debido a la repugnancia que le producía en
lo que se estaba transformando ese país adoptivo que tanto amaba. Simplemente se dedicó, perdido
en sus reflexiones, a observar el avance del vehículo sobre el asfalto.
Fue inclinado hacia delante. No quiso acomodarse demasiado en el asiento por miedo a des-
vanecerse de dolorida fatiga. El taxista, un bigotudo entrecano con acento bávaro, intentó mantener
una charla intrascendente un par de veces.
—¿No parece usted de por aquí?
—No.
—¿Colabora con el partido? Su cara me resulta familiar…
—No.
Al acompañante la charla comenzaba a parecerle mero fisgoneo y esto era algo que no se
podía permitir. Cuanto menos supiera ese conductor de su vida y cuantos menos detalles retuviese
de su fisonomía y de su deje austríaco mejor.
—Una fría noche para viajar, ¿no cree?
—Sí.
—¿Adónde se va?
—Es una noche fría, sí, incluso para conversar, ¿no le parece, herr taxifahrer?
Fritz lo cortó seco a la vez que el auto esquivaba Alexanderplatz por su izquierda. Continuaron
en silencio, pegados al lecho del Spree hasta llegar a la estación central. Fritz pagó a ese chófer de-
masiado cotilla. Le dio una moderada propina, los conductores públicos siempre recordaban a las
personas por las propinas y a él no le convenía ser recordado, ni por excesivamente generoso ni
por avaro.
En la entrada de la estación, cuatro militares custodiaban los altos vanos acristalados. Pedían
la documentación a todo viajero que intentara franquear sus puertas. Fritz permaneció unos segundos
en la escueta cola que se había formado a esas horas. Tenía poco tiempo para decidir qué hacer.
Lo más probable era que aún no hubiesen encontrado el cuerpo maniatado del teniente. Treinta mi-
nutos en casa, otros tantos en el trayecto en coche, tampoco veía descabellado que se hubiese dado
la alarma tras su atropellada huída. No podía arriesgarse a ser apresado tan fácil: ‹‹Oh, herr Lang,
qué sorpresa tan grata, le está buscando todo Berlin››, la imaginación de Fritz voló de nuevo, esta
vez visualizando la verificación de sus datos por los guardias de la estación.
El gran reloj de la fachada marcaba casi las once. El tren de Colonia salía un cuarto de hora
más tarde. Lo sabía bien. Llevaba meses deseando subirse a ese tren. Se lo pensó mejor y se fue de
la cola. El sargento del grupo de soldados se percató, y no perdió de vista todos sus movimientos.
Fritz apuró el paso, no lo pudo evitar pese a que le pareciera menos inocente. El sargento no inter-
vino, pero siguió escudriñando al desconocido que se iba. Friz dobló la esquina de la gran cons-
trucción abovedada y, cuando nadie le observó ya, echó a correr.
El final del edificio se unía a una alambrada de metro y medio que separaba las vías de la
calle. Lanzó su pesada maleta hacia el otro lado. Cayó sorda como una bola de acero en un col-
chón, el sonido del ferrocarril entrando en la estación había mitigado el golpe. Debía darse prisa,
pero cayó en la cuenta de que había actuado de una manera resbaladizamente impulsiva. Tuvo un
segundo de cordura para regalar unas visuales en derredor, hubiese sido muy chocante que un in-
dividuo saltara esa barrera metálica en plena madrugada. La calle estaba desierta, no había peligro.
A duras penas y al tercer intento, costaba horrores mermado de un brazo, también Fritz consiguió
besar la tierra dentro de la valla. Levantó su afligido cuerpo y el equipaje medio abierto, una hebilla