Página 71 - SENOHI

Versión de HTML Básico

RELATOS DE AMBIENTACIÓN HISTÓRICA |
I SENOHI
|
71
|
El soldado restante de la patrulla bajó a las vías, le había tocado revisar la parte oculta del fe-
rrocarril. La parte en la que Fritz intentaba improvisar con celeridad. Unas gotas de sudor resbalaron
por su espalda como clavos helados. Deslizó su maleta entre los raíles, debajo del tren, y reptó tras
ella. Por un instante revivió la acongojada sensación en las trincheras del frente. Nunca olvidaría los
agobios pasados en la Primera Guerra Mundial, así como tampoco podría olvidar su escapada pre-
sente, a pesar de que, como él anhelaba, tuviese un final feliz. Mordiéndose los labios expectante,
oyó pisadas cerca de su cara. Unas botas altas de miliciano cuero negro se habían parado en la
perpendicular de su posición. Sintió un desasosiego atroz y tuvo la certeza de que todo había aca-
bado. Recordando a una Dánae herrumbrosa, el entramado férreo recibió un chorro dorado que
derritió la nieve acumulada entre las ruedas, salpicando de costado su valija, su ropa y su rostro. El
militar estaba aliviándose encima de su escondrijo. No le había visto. Fritz tuvo que llevarse una
mano a la boca para que no se le escapara una risa nerviosa producto de la histeria.
Podía oír, alzándose sobre los latidos mecánicos de la locomotora y los suyos propios, cómo
sobre él se abrían compartimentos con brusquedad. De repente los ruidos cesaron y los militares
que investigaban el interior de los vagones regresaron a la altura del sargento. Unos segundos des-
pués, tras abrocharse la bragueta, el último de ellos se reunió con el grupo.
—¡En marcha! —gritó el oficial con gesto autoritario.
—¡Pasajeros al tren! —animó el jefe de estación a los impacientes viajeros.
Fritz emitió una vaharada casi relajante. Empujó el fardo fuera y rodó sobre sí. Todo lo aga-
chado que pudo se internó por una puerta. Se mezcló con los pasajeros que empezaban a subir al
convoy. Unos cerriles obreros lo azuzaron parranderos. Su alborozo se debía al hecho de que se
habían librado de todo riesgo y, ahora, desahogaban las tensiones anteriores en presencia de los
soldados gracias a las burlas dirigidas a su desaliñado compañero de viaje: Fritz estaba lleno de
aceite, barro y otros fluidos bastante más orgánicos. No añoró un espejo en el que mirarse, porque
intuía claramente lo desastroso de su aspecto. Buscó el departamento que marcaba su pasaje. Se
alegró de que la estancia por la que había pagado estuviese vacía.
El tren empezó a caminar. Cerró la austera cortinilla y, bamboleándose por el repentino vaivén,
colocó sus pertenencias en el portamaletas. Se quitó el abrigo y se desplomó pesadamente en el si-
llón de madera acolchada, relajado por el armisticio que se presentaba. Examinó su hombro. Aunque
en pequeña proporción, la herida no había parado de manar, empapando su chaqueta de la solapa
hasta el cuello. Cubrió la escandalosa mancha con el envés del abrigo y así, débil, con su resistencia
colapsada, se sumergió en un profundo trance al mismo tiempo que el expreso se sumergía en el
viaducto de Stadtbahn...
Habían transcurrido más de doce horas de todo aquello. Ahora, escondido como un gazapo ace-
chado sobre la viga de hierro que le protegía del frío glaciar centroeuropeo, en aquel abril del treinta
y tres, Fritz permanecía absorto y confundido por sus recuerdos.
Como si despertara de un coma, escuchó una voz a lo lejos de un pasillo borroso de fina
aguanieve, estaba ido y creyó que su imaginación le jugaba otra mala pasada. Cuando ya empe-
zaba a escurrirse anémico de su apoyo metálico, unas manos delgadas impidieron su derrumbe
completo.
—No es muy galante desmayarse ante una dama —dijo la figura, forzada por el trabajo que
suponía hablar y sujetar un peso muerto—. Suele ocurrir al revés.
Fritz, sentado en el suelo, una pizca más despejado, reconoció la femenina voz y, con los ojos
desenfocados, le puso cara.
—¡Gerda! —exclamó él, sonriente pero bastante aturdido.
—¡Vaya facha, Fritz! Estás tan pálido que pareces un resucitado huido de su sepulcro. ¿Te en-
cuentras bien?
—He pasado una mala noche. Dame fuego. —Fritz, agotado, se llevó un cigarro a los labios
con sus dedos temblones—. ¿Qué haces aquí?
—¡¿Qué?! ¿Qué hago aquí? ¡Fritz!, tu te-le-gra-ma: ‹‹Te espero en los andenes de la Estación
de Colonia a las 3:15h. MUY URGENTE›› —gritó agraviada—. No me digas que he venido condu-
ciendo tres horas en esta noche de perros para nada.