Página 72 - SENOHI

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RELATOS DE AMBIENTACIÓN HISTÓRICA |
I SENOHI
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—¡Ah, sí! El telegrama, lo había olvidado. Me alegro de verte, Gerda. —Acarició, cariñoso,
con las yemas de los dedos su cabello y la besó en la boca, después señalando la maleta prosi-
guió—: Estaba harto de tener ese dichoso bulto como única compañía.
—¿Te vuelves a París? No me habías dicho nada —preguntó irritada.
—Sí, voy para quedarme... y quiero que vengas conmigo.
—¿Eh? Estoy rodando en Frankfurt, ¿a qué viene tanta prisa?
Fritz se incorporó, ayudado por la mujer que lo agarraba de bracete.
Gerda Maurus, vienesa como él, era una joven actriz de teatro huesuda y atractiva. Una buena
actriz. Poseía un talento innato para la actuación y el camelo que, cultivado desde muy joven en las
mejores tablas teatrales alemanas, le había abierto muchas puertas. Fritz Lang había lanzado su ca-
rrera cinematográfica en 1928 con ‹‹Spione››, reafirmando su ascenso al año siguiente en ‹‹Frau mi
Mond››, menos huesuda y apuntando a su cenit sensual. A partir de ese momento se habían conver-
tido en amantes. Y ya iban para cinco años. Sus ojos glaucos de inocente paroxismo, esa nariz ju-
guetona que partía en dos los pronunciados pómulos y la increíble fascinación que sentía por él y
su obra, habían conseguido eclipsar a Fritz, tomando la inevitable pero fácil decisión de abandonar
a su fanática esposa.
—Estoy tieso, necesito tomarme algo que me caliente —dijo Fritz, evasivo y con un mohín
quejumbroso.
—Vale, conozco un sitio tranquilo para hablar aquí al lado, es posible que todavía esté abierto.
—Gerda lo miraba confusa.
—¿Dónde tienes el coche?
—Estacionado a la entrada, la productora me ha prestado un cacharro.
—Está bien, me queda una hora y media hasta que salga el próximo para Aquisgrán.
—¿Estás decidido a irte, Fritz?
—Contigo o sin ti, princesa... Contigo o sin ti —repitió sentencioso.
La guapa rubia le mostró el vehículo. Era un pequeño DKW F2 de motor de dos tiempos con
moderna tracción delantera, una de esas maravillosas innovaciones que daba esa tierra plagada
de buenos y laboriosos ingenieros. El auto, diminuto en comparación con sus hermanos más clásicos,
había nacido con la intención de abaratar los costes de consumo desmesurado que ofrecían las
marcas de toda la vida como Mercedes. En cuanto se pusieron en marcha, a Fritz le dio la impresión
de que el propósito no había sido conseguido: una poluta nube negra salió del escape al arrancar.
Carretera abajo, a dos calles y después de unos cuantos petardazos del pequeño trasto, aparcaron
paralelos a un edificio que parecía abandonado por el estado paupérrimo de su fachada. Atrave-
sando un lúgubre portal se adentraron en un largo corredor con las paredes desconchadas, desem-
bocaba en una amplia sala rectangular de techo alto y con la luz muy tenue que estaba habilitada
como bar. Un lugar cochambroso, pero seguro y discreto. Pidieron unos brandis y se sentaron en la
esquina más alejada de la barra. Gerda, impaciente como el tintineo de un cascabel, interrogó
ávida:
—¿Por qué tienes que volver a París precisamente ahora?
—He de irme, Gerda. Acompáñame.
Fritz reverenciaba ante todo su juventud, su belleza y sus dotes escénicas, pero hacía tiempo
que Gerda incubaba una trepadora ambición. La codicia no le sentaba del todo mal a sus encantos
y hasta se podría decir que ese cinismo interesado mejoraba su desenvoltura a la hora de representar.
No obstante, Fritz desconfiaba de sus intenciones amorosas y albergaba la sospecha de que solo
buscaba aprovecharse de él y sus influencias. La gata besó melosa un carrillo del paliducho. Tras el
beso, Fritz vio como cierto que la ceguera de un cuarentón que se enamoraba de una mujer trece
años menor, preciosa y con ojos que brillaban de un esplendor azulado y misterioso, bien podría
decirse que se trataba de una ceguera crónica. Pero los avatares de esa noche resultaban muy dis-
tintos a los habituales desaires amatorios de una actriz caprichosa, esa noche era la vida del director
lo que estaba en juego y por todos es sabido, más aún por los cuarentones que por los treintañeros,
que la vida de una persona es el mayor tesoro con el que cuenta.