Página 73 - SENOHI

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RELATOS DE AMBIENTACIÓN HISTÓRICA |
I SENOHI
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—No puedo irme contigo, cielo, tengo muchos proyectos para el Deutsch Theather de Berlin
—dijo delicada, tomando sus manos—. Además, en cuanto tú seas director de los estudios alema-
nes, no me van a faltar papeles en la gran pantalla. Estoy más que preparada para el sonoro, es
más, deseo con ansiedad que todos puedan oír mi voz.
Al finalizar la frase, Gerda se empeñó en interpretar a capela un pasaje de ‹‹Siegfrieds Tod››.
—Un momento... —interrumpió Lang encolerizado— ¿Cómo sabes que me han ofrecido el
puesto de director de la UFA?
—Fritz, cuando me encontraste era una cándida niña, ahora soy una mujer que conoce gente,
gente importante —dijo Gerda, soberbia y segura de sí, inconsciente—. ¿Cuándo empiezas?
—Olvídate de eso, nunca lo haré. Odio a Goebbels, a Hitler y todo lo que representan y pro-
mueven.
El camarero, haciendo una pausa en sus tareas, levantó la vista con desprecio. Seguramente
simpatizaba con todos los personajes mencionados y se había sentido molesto por el comentario.
El jayán solo mostraba medio cuerpo detrás de la barra, pero por la longitud que separaba cada
hombro y el contorno de sus bíceps, que se intuían robustos bajo las mangas de la camisa a punto
de estallar, no merecería la pena importunarlo. Fritz le regaló un gesto desafiante con su dedo,
según estaba transcurriendo la velada perder algún diente en ese tugurio de mala muerte se la traía
al pairo.
—Tranquilo, Fritz —susurró la rubia, preocupada por la reacción del hostelero y no menos por
el comentario y la fanfarronada de su querido—. Me iré contigo si no puedo convencerte de lo con-
trario.
—No lo conseguirás, estoy decidido. —Fritz sabía que había algo en ella que no estaba siendo
sincero—. Si vienes ha de ser ahora.
—Está bien, pero debo llamar al equipo para decirles que me ausento unos días del rodaje.
—No lo entiendes... Es una ausencia permanente, dejarlo todo.
Gerda, con visaje de enfado y riguroso mutis, se irguió en busca de un teléfono, el encargado
le indicó que anexo a los baños existía una cabina cerrada. Fritz, mirando la hora en el pingüe reloj
de la pared, engulló de dos tragos, primero su brandy y, de seguido, el de su acompañante. Trans-
curridos ocho largos minutos Gerda regresó, parecía solapada.
—Vámonos, nena.
—No, debemos pensar con claridad. Descansa un poco, cielo. Tómate otra copa —dijo la
joven, advirtiendo los vasos vacíos.
Había cogido uno, que agitaba para llamar la atención del camarero. Ahora ella también es-
taba pálida.
—¿A quién has telefoneado? —indagó Fritz, taimado y oliéndose lo peor—. Para ser actriz,
disimulas muy mal.
—Al ayudante de dirección, el pobre estaba en el primer sueño y le he dado un susto de...
—Te conozco muy bien, no me vengas con jueguecitos, ¿a quién has llamado?
Fritz estaba enojado, imbuido por el amargo sabor de esa droga irrechazable que se llamaba
desconfianza, y con repentina agresividad la atrajo hacia sí, tirando con fuerza de la menuda muñeca
de la fémina.
—Me haces daño, suéltame.
—Dime a quién has llamado o tu meteórica carrera acabará aquí. —La culata de la Luger so-
bresalía amenazante del bolsillo del abrigo—. ¿Quieres tocarla? Está fría, así puedes terminar tú.
—Frau Maurus, ¿está molestándola este individuo? —eructó la voz ronca del camarero al re-
conocer algo extraño en los únicos parroquianos de la tasca.
—Métete en tus asuntos, grandullón —replicó el desesperado director sin elevar el arma, que
apuntaba el vientre de Gerda bajo la mesa.
—Sííííí… —añadió con un gritito la actriz.
—¡Cállate, víbora! —aulló Fritz y le cruzó la cara.