Página 74 - SENOHI

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RELATOS DE AMBIENTACIÓN HISTÓRICA |
I SENOHI
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—Te vas a enterar, perro bolchevique. —El encargado se había unido a la fiesta con un garrote
en la mano.
Antes de que la austriaca o el mostrenco pudiesen reaccionar, Fritz encañonó al hombre que,
despavorido, tiró el madero con estruendo de árbol caído sobre el terrazo. Ése era el verdadero
poder de las armas, el que hacía que las personas más débiles, como él en ese momento o como
Hitler, Goebbels y todo su programa de idolatrías descerebradas, dominasen a hombretones de cien
kilos como aquél que se alzaba ante sus ojos. Fritz sintió una arcada al imaginárselo: la sola com-
paración de sus actos con los de aquellos hombres crueles había hecho que su estómago se rebelara.
Imaginar una semejanza con el enemigo nazi, por muy remota que fuese, le obligaría a renunciar
de cualquier propósito futuro. No podía ser, él nunca había recurrido a vilezas y ni mucho menos se
consideraba un prosélito ignorante. Debía llegar a Francia por todos los medios o fenecer en el in-
tento.
—¡Gerda, fuera! Y tú... ¡Si te mueves te dejo plomizo!
Salieron atropellados del edificio, Fritz detrás de Gerda y ella histérica, con el cañón en las
costillas, empezó a largar:
—Has enloquecido, tienes que entrar en razón. Te han propuesto para el cargo más importante
de toda Alemania y ¿qué haces tú? ¡Oh!... Huyes como una rata.
—¡Chitón, Gerda! No sabes lo que dices. —Fritz se alegró en ese instante de que la pistola
no estuviese cargada.
Llegaron a la altura del coche y la amante, llena de despecho, siguió increpándolo indómita.
—Eres un traidor, huyes de tu patria cuando más te necesita.
—¿Con quién has hablado? —Fritz zarandeó a la ineluctable actriz, que no soltaba prenda.
—He hablado con Goebbels —dijo, rendida al fin—. Estaba muy interesado en saber dónde
te encontrabas.
—¿Se lo has dicho?
—Sí, le he contado todo. La policía, el ejército, todo lo que tenga, irá a por ti. No te dejará
salir del país, Joseph nunca te permitirá dejar en evidencia a nuestro líder. Necesitamos a todos
nuestros genios dentro. Cuando el Tercer Reich esté a pleno rendimiento, seremos la potencia más
grande de la industria, Hollywood será un pírrico grano de arena en comparación. Y a mí, Gerda
Maurus, me venerará todo el mundo, seas tú o no el director de la UFA.
—Tú también, princesa —dijo Fritz, ahíto—. ¿Algún nazi duda alguna vez? ¡Date la vuelta!
Cuando Gerda se volvió asustada, Fritz golpeó su nuca rubia con la culata de la pistola. Se
dio asco a sí mismo porque lo hizo con placentera satisfacción. Repitió el movimiento dos veces
más: dejar sin sentido a alguien no era tan fácil como en sus escenas. Sentó el cuerpo inerte a su
lado en el DKW, y se fue a toda pastilla hacia la salida oeste de la ciudad. Su única preocupación
ahora radicaba en el correcto funcionamiento de aquel motor cuasi experimental de dos tiempos.
Si le dejaba tirado, podía darse por fiambre.
El trayecto Colonia-Aquisgrán para sorpresa del director fue excesivamente tranquilo. La madru-
gada estaba bien avanzada y descubrió esos caminos cercanos a la frontera más solitarios de lo
que esperaba. Solo había tenido que adelantar a un vetusto camión lechero que iniciaba su jornada.
No estaba mal después del día que llevaba. Gerda, fuera de combate, descansaba su lastimada
coronilla recostada en el asiento de la derecha. La había cubierto con la gabardina por si las moscas.
En dos horas escasas, el motor del F2 rugió en la silenciosa entrada de Aquisgrán, en el otro extremo
se encontraba la frontera. Cruzó las calles cuando el albor de un nuevo día iniciaba su vislumbre,
pero aún amparado por el refugio seguro que ofrecía la oscuridad. Por fortuna muy poca gente co-
menzaba a desperezarse en su rutina diaria.
Fritz atisbó, pintado en la lontananza de una larga avenida, el puesto fronterizo. A medida que
se acercaba veloz, distinguió un carro de combate caqui y al menos dos patrullas que custodiaban
la barrera. A esas horas medio ejército alemán debía saber que sus anhelos eran llegar a Bélgica.
Torció por una calle estrecha, suavemente para no generar desconfianzas irremediables, y se enca-
minó, casi sin combustible y dando un pequeño rodeo, a las afueras de la ciudad. Escudriñó a través