Página 75 - SENOHI

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RELATOS DE AMBIENTACIÓN HISTÓRICA |
I SENOHI
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del espejo retrovisor por si alguien lo seguía y se relajó al descubrir la calzada libre de sobresaltos
al frente y a la espalda. Salió de la metrópolis al mismo tiempo que desaparecía la protección de la
oscuridad: había amanecido.
Espió a su acompañante: Gerda, atolondrada, iniciaba una retahíla de lamentos y barboteos.
La mente del piloto estaba tan deteriorada por los recientes sucesos que no pudo evitar asociar esos
gemidos a sus días de sábanas húmedas. Fritz protestó por la ensoñación, mas no fue capaz de bo-
rrar las torneadas formas, el sabor de los labios de la hembra y el placer que experimentaba en la
compañía de la preciosa mujer. ‹‹Todos están equivocados››, escupió al parabrisas y no volvió a pen-
sar en otra cosa que no fuese huir.
Una vez en campo abierto aminoró la velocidad, atento a cada metro de estrada que pudiera
llevarle a Bélgica. Descubrió, por unas rodadas secas modeladas en el barro, un sendero para el
ganado. Lo siguió dando bandazos. Como el catre de una ninfómana, el fiel DKW brincaba por los
baches terrosos y las piedras sueltas. A lo lejos, justo donde finalizaba la vereda, un rollo de alambre
de espino extendido longitudinalmente separaba Alemania de su libertad.
El camino picó hacia abajo, algo que aprovechó para hundir el pedal acelerador hasta hacer
tope contra el suelo del habitáculo, agotando así la poca gasolina que le quedaba. La agónica
combustión dejó atrás una humareda color ébano y un fuerte olor de aceite quemada, que se coló
en el interior del auto. En punto muerto, con el motor parado ya, se lanzó a toda velocidad por la
pendiente. El obstáculo pinchudo lo aguardaba inmóvil, impasible en su paso honroso, con sus
miles de serpentinos anzuelos esperando tener buena pesca.
El golpe fue brutal. El radiador reventado escupió borbotones de vapor. La mayor parte de la
delantera del vehículo se enredó en la puntiaguda trama de acero. Su maleta había volado por los
aires cruzando la frontera antes que él. Desencajó a patadas el desecho parabrisas y saltó al capó,
con cuidado de no atraparse los pies. Allí subido, con las suelas en ligero balanceo sobre la amal-
gama acerada, se impulsó para caer en el lado belga de la valla.
—¡Alto, traidor! —Gerda, tambaleándose, con una ceja partida y el pómulo abotargado, lo
apuntaba con una pistola.
Fritz inspeccionó el bolsillo de su abrigo: vacío. La pistola debió caérsele encima del asiento
después de la tremenda colisión. No había de qué preocuparse, Gerda empuñaba la Luger de su
amo y un arma descargada no era más que un simple hierro inservible. Atontada pero decidida
apretó, una... dos... tres veces, el gatillo. Solamente se oyó el chasquido mecánico del percutor
martilleando la recámara.
—Adiós, princesa, que seas muy popular —dijo baladrón.
Frau Maurus se sentó en la hierba, respaldada por una rueda. Tenía las piernas abiertas, laxas.
El arma, con el cañón gacho, cayó al suelo soltada por unas manos sin fuerza. La actriz se había
quebrado la juguetona nariz con el impacto. La palpó y, después de un gemido entreverado, rompió
a llorar cuando la impotencia le ganó la partida al dolor.
Fritz no sintió lástima ni decepción ni nada parecido, simplemente sabía que debía irse.
Su equipaje estaba destrozado. La lata de ‹‹Der müde Tod›› había salido despedida y, con la
cinta desparramada, yacía quebrada a la sombra de un espino. Se acomodó ‹‹Das Testament des
Dr. Mabuse›› debajo de la axila, recogió todos los marcos que pudo y algunas escrituras de propie-
dades muniquesas que volaban cercanas, y se despidió de su maleta como de un amigo que se
queda atrás.
Adentrado ya en tierras belgas, sobre una loma, a un kilómetro de la frontera, Fritz Lang se
dio la vuelta, magullado y sórdido pero abordado por una dignidad estoica. Se ajustó en su cuenca
izquierda el sempiterno monóculo, ése que había olvidado completamente, por primera vez y última
de su vida, durante las veinticuatro ajetreadas horas anteriores. Con los ojos vidriosos y más precisos,
echó una postrera ojeada al país por el que había luchado y hubiese muerto. Al país que le vio
crecer como persona y como artista. Aquel país en el que, por esos días, un gusano plenipotenciario
de brazalete gamado había roído, con dientes infectos, las manzanas de la tolerancia y la libertad.
Una plaga que estaba pudriendo también todas las demás: manzanas manipuladas que se sumer-
gían sin esperanza en el cesto de la Gran Depresión.