Página 79 - SENOHI

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NIlo arrIba
UN RELATO DE
Mariano Moreno Casquete
E
l cerco de sonidos lleva sabor a mar, las olas rompen contra la cubierta de madera. Los hombres
descansan mientras el viento empuja las galeras. El sol baña las riberas extranjeras y desprende
reflejos de fuego al chocar contra las corazas de los soldados.
Fatigado, Marco abandona la pluma y guarda el pergamino donde escribe estas notas. Pronto desembar-
carán. Ha de ver al viejo, necesita un remedio.
Marco clavó la vista en el estandarte antes de entrar en la tienda de campaña.
El dibujo algo descolorido del águila se retorcía azotado por el lejano viento del desierto. Las tropas de
Octavio Augusto, acampadas a las afueras de Alejandría, ocupaban cientos y cientos de tiendas hasta per-
derse en el horizonte.
El anciano griego se afanaba tras una mesa de campaña, improvisando pócimas y garabateando extraños
dibujos. Un calendario solar en el centro de la tienda marcaba el día más largo del año.
Había oído que el viejo loco buscaba la explicación del Universo. Creía haber descubierto un modelo
compuesto por letras, números y dibujos que encerraba todos los enigmas del cosmos.
Repentinamente volvió el mareo, la visión de otro mundo, como en un sueño, en el que Marco se percibía
a sí mismo rodeado de lugares y de gentes extrañas. Demasiado real, y lo peor era que aún ahora, estaba
seguro de conocer aquel lugar y aquellas gentes de ropas y habla insólitas.
-¿No tienes otra de tus pócimas para mí, anciano? Te pagaré bien.
-¿Seguro que es eso lo que buscas? Ya te di una en el barco, tomar más sería peligroso, respondió Arisís-
tedes con un brillo sonriente en la mirada.
-He oído que descifras los secretos de la alquimia, que tus recetas contienen la magia de los antiguos ha-
bitantes de estas tierras.
-¿Por qué me cuentas esas habladurías Marco?
-Anoche soñé que el sabor de la pócima era el desierto, hoy he sabido que mi destacamento patrullará en
avanzada. ¿Significan algo para ti esos presagios?
El anciano sonrió mientras pronunciaba unas palabras en lengua desconocida. Con cuidado, alcanzó un
medallón con dos serpientes enlazadas: cada cabeza se unía a la cola de su adversaria.
Meses después, la legión acampó junto al oasis de Krali, no lejos de Siwa.
La noche se pobló de una inquietud pesada. Marco espantó un mosquito con su mano libre, con la otra
agarró la cantimplora de cuero y bebió un largo trago de vino.
Las guardias en solitario no se le hacían demasiado largas, siempre cabía fantasear apoyándose en el si-
lencio. Claro que ésta no era una noche silenciosa, por dos veces había despreciado un rumor de pasos en
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