Página 81 - SENOHI

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RELATOS DE AMBIENTACIÓN HISTÓRICA |
I SENOHI
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II
El judío se desgañitaba ante los divertidos funcionarios. El sacerdote levantó la mano derecha re-
clamando silencio, empezaba a cansarse de esas absurdas historias. Primero los campesinos, ahora
los judíos y los trabajadores de la ciudad de los muertos. ¡Por Isis!, no era malo que la gente tuviera
fe. Pero esto era excesivo, al final los romanos acabarían por intervenir, ya lo habrían hecho, de no
estar tan ocupados matándose entre ellos.
-Llevadme a casa de este hombre.
A través de innumerables vericuetos, cruzando por callejuelas malolientes, repletas de modestas
chozas, construidas a base de madera y adobe, le condujeron ante la niña.
Mednesis, sacerdote del templo, heredero de un conocimiento llegado de generaciones muy an-
teriores a la existencia de los romanos, observaba incrédulo los signos. El iniciado no sabía qué
pensar. Su rostro alargado ocultó una mueca de desagrado ante la mirada cerril del padre; un se-
guidor de Seth. La madre ni siquiera había levantado los ojos. Sin embargo, Mednesis aceptó la
densa cerveza con la que le obsequiaba el patriarca de la familia, tomó el cuenco con ambas manos
y bebió un largo trago.
Cierto que la muchacha apenas mostraba señales del suceso, salvo la pequeña cicatriz en forma
de serpiente, pero a Mednedsis no se le ocultaba alguna otra señal imperceptible a los demás. Lo
dejaría para mejor ocasión, se sentía demasiado impaciente por llegar a su refugio cerca de Siwa,
como para investigar.
Después de interrogarla, la historia parecía todavía más absurda. ¿Imaginaciones de una niña
recién llegada a la pubertad? ¿Fantasías sexuales? Clavó sus ojos en el limpio azul de los de la
niña. ¿Qué quería decir eso de que la habían elevado por encima de las nubes? Lo único seguro
es que ya no era virgen y eso planteaba problemas a la familia.
El soldado, un mercenario cartaginés de nombre Asdrub, veterano de la batalla naval de Accio,
había muerto el día anterior. Su caballo había desaparecido y las huellas, en parte borradas por el
viento, indicaban que se dirigía hacia el oeste. El enorme pecho del mercenario apenas presentaba
la más mínima señal de violencia. Pero la coraza había sido agujereada por flechas invisibles: dos
pequeños círculos en la espalda, que coincidían con los que perforaban el peto a la altura del co-
razón. Arisístedes movió la cabeza pensativo, los cuerpos, aún sin enterrar, daban fe de la terrible
batalla. Guardó el salvoconducto firmado por el centurión Lucio. Los legionarios restañaban sus he-
ridas y los ayudantes de los decuriones separaban el botín, mientras los muertos eran respetuosa-
mente retirados.
Un escarabajo se esforzaba por escalar una piedra junto a su sandalia.
Arisístedes batió el horizonte de dunas con la mirada, después subió a un carro de combate con
dos arqueros y partió en dirección al oasis de Siwa.
La cuadriga abandonó ruidosamente la senda principal para desviarse hacia las dunas, casi a la
altura de Menfis. Arisístedes apartó de los ojos el pañuelo, que también cubría su cabeza, unos me-
chones blancos que escapaban por debajo del trapo en forma de turbante, le fustigaron los ojos.
Ya se divisaba la torre del templo pero el peligro de las dunas no dejaba de inquietar a los hombres.
Justo a tiempo porque en una hora el sol se pondría, y el mar dorado se convertiría en un océano
traidor del que ya apuntaban las sombras. Veloces, los últimos rayos naranjas reptaban hasta las
palmeras, cuando Arisístedes y sus acompañantes entraron en el poblado.
Los silenciosos nómadas les ofrecieron tortas de harina con dátiles y azafrán, además de agua y
un vino que conservaban en frescas ánforas de barro.
Arisístedes agradeció aquel vino ácido como si fuera el mejor de los licores.
Los soldados se refrescaban en el pozo, algunos se bañaban en los lagos esparcidos por el oasis,
y el médico griego seguía al jefe hacia la única casa útil junto al templo, cuando de pronto, un gol-
peteo de caballos emergió de la noche.
¡Romanos! Mednesis frenó el galope del caballo y, con un gesto, detuvo a su criado que ya echaba
mano al carcaj. ¿No eran acaso sus aliados? ¿Quién más podría protegerles de los bárbaros y al
mismo tiempo garantizarles el comercio por mar sino los romanos?