Página 82 - SENOHI

Versión de HTML Básico

RELATOS DE AMBIENTACIÓN HISTÓRICA |
I SENOHI
|
82
|
Guiaron los caballos al paso hasta el centro del poblado: un conjunto destartalado de chozas
construidas con adobe, madera y piedra.
Un majestuoso anciano se aproximó a la montura de Mednesis.
Tras las primeras frases, ambos, se reconocieron como iniciados. Al cabo de media hora ya habían
entrado en animada conversación y al día siguiente partieron juntos hacia Krali.
-¿Qué me decís de las fantasías de esos nuevos platónicos de Alejandría?
-Los judíos son fantasiosos, de acuerdo, y los griegos también lo somos, pero no me negarás,
¡Oh Mednesis!, que el mal viene de la materia. El mundo es engañoso y tuerce nuestros sentidos
hacia el error. El egipcio asintió con la cabeza pero arrugó su gran nariz y replicó:
-El conocimiento no debe estar divorciado del universo, no hay demiurgo que nos confunda, es
nuestra propia impericia la que nos lleva al error.
-¿Quién sabe? No seré yo quien os contradiga, pero decidme... ¿Por qué me habéis acompañado
hasta Krali? ¿Por qué fiáis tanto en vuestra intuición?
-¿Y vos en qué fiáis?
El médico griego y el sacerdote egipcio avanzaban en animada charla hacia el grupo de raquíticas
palmeras cercanas a las mastabas. El vino, que desatara sus lenguas la noche anterior, y quizá la
proximidad del desierto, hermanó aún más a los dos viajeros. Los acompañantes de Mednesis re-
posaban no muy lejos de los legionarios romanos, acampados a prudente distancia del poblado.
El sol de la mañana ya comenzaba a picar y los dos hombres agradecieron el frescor de las pa-
redes del pequeño templo.
Arisístedes siguió al egipcio tras el altar, donde un pasadizo oculto se abría, al flanco de la estatua
de un hombre con cabeza de ibis.
Ambos conocían buena parte del camino y descendieron con seguridad por las escaleras talladas
en la piedra del pasadizo. Atravesaron un laberinto de catacumbas para acceder al nivel más pro-
fundo, un nivel al que nunca antes se habían aventurado.
La última cámara a la que llegaron, albergaba un objeto cuadrangular del que provenía una pe-
queña luz intermitente, que atrajo inmediatamente su atención: a su lado, una tumba y una imagen
de Alejandro Magno.
Mednesis había oído hablar de aquella cámara, pero no le prestó crédito. Menos aún a las voces
que algunos afirmaban haber sentido, como si el mismo Toth quisiera hacerse escuchar por medio
de ellas.
Había que reconocer que el artefacto que tenían ante ellos no parecía cosa de este mundo. No
era hierro, sino mucho más brillante, y unos indescifrables jeroglíficos se distribuían a lo largo del
mismo, como marcando un recorrido solar. ¿Sería quizá algún mapa de los astros?
De repente, un punto de fuego crepitó en el interior del aparato junto a la diminuta aguja de
plata, detenida en uno de los dibujos: el dibujo de una serpiente mordiéndose la cola.
Mednesis y Arisístedes dieron un salto hacia atrás horrorizados. Una voz extranjera con ecos de
hierro y de tormenta les hablaba desde el artefacto. Conforme iba aumentando el volumen de las
ininteligibles palabras, Mednesis observaba cómo el suelo de la cámara se agrietaba estrepitosa-
mente, igual que si de unas monstruosas fauces se tratara, y una columna de piedra, coronada por
dos manos abiertas también de piedra, emergía de las profundidades. En el hueco, en el centro de
las dos manos se extendía abierto un pergamino marcado por antiquísimos jeroglíficos.
Una gran luz invadió la sala, cegándole y haciendo cambiar de color al collar que rodeaba su
cuello.
Palpó el lino de la túnica y el torso desnudo, no había sufrido daño. El griego se había esfumado
como por encanto. Pareciera que se lo había tragado esa máquina del infra mundo. Sintió el tacto
rugoso del objeto en su puño: un papiro más antiguo que el templo y que todos los templos.
Un halcón gritó en el exterior, un grito de caza, el Bá de algún iniciado, sin duda.