Página 85 - SENOHI

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RELATOS DE AMBIENTACIÓN HISTÓRICA |
I SENOHI
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IV
Marco sujetó la pequeña vela. Su espalda desnuda recibía la despiadada caricia del sol.
Fondeaban en un remanso, la niña chapoteaba en la orilla junto a un cañizal. La muchacha poseía
una rara habilidad para la pesca, habilidad que les sería muy útil si querían llegar a Tebas sanos y
salvos.
Los intentos de Marco por imitarla habían acabado en un chapuzón frustrante que despertó la
risa de la muchacha, mucho más grácil, ya consciente de su atractivo como mujer.
De pronto, ella adoptó una pose rígida, mirando hacia el cielo, Marco alzó la vista: un extraño
objeto en forma de bandeja plateada, apareció y desapareció, destellando al sol, como por encanto.
Se miraron sorprendidos, alguna advertencia de los dioses se les escapaba.
El griterío de una bandada de garzas reales les devolvió al trayecto. La chica estaba convencida
de que les perseguían y deseaba llegar a Tebas, donde, -según decía-, su tío ejercía un cargo im-
portante, lejos de la influencia de los sacerdotes de Seth.
Tras un día de travesía sólo se habían cruzado con pescadores y mercaderes, no había rastro de
perseguidores.
Poco a poco, su percepción del tiempo se había mezclado con la monotonía del río, como si el
Nilo fuera capaz de navegar el tiempo. Marco bebió un poco de agua y después le ofreció el odre
a la muchacha. Debía de tener unos dieciséis años. Observó la mano firme y morena, no era la pri-
mera vez que navegaba. Ella sonrió, al tiempo que aceptaba el agua. Un brillante reguero de agua
fresca le resbaló por entre los labios perfectos y unas gotas escaparon traviesas por la curva de la
barbilla. Sus ojos azules, que le despertaron una vaga emoción como un recuerdo, no dejaban de
escudriñarle, apreciando todos los gestos, valorando su fuerza y sus reflejos.
Ensimismado, no escuchó las brazadas sofocadas, no pudo anticipar el leve restallar de burbujas
junto a la quilla.
Bruscamente, las gigantescas manos de ébano surgieron del agua impulsando el cuerpo del gue-
rrero.
Giró la vista hacia su espada, pero no la halló. El golpe feroz del puño, enorme como una maza,
le arrojó por la borda.
A través del agua y de reojo, entrevió otra masa humana, quizá dos, y también su espada en
poder de la chica, que sonreía triunfal. Quiso lanzar un puñetazo contra el salvaje pero alguien le
sujetaba por detrás.
Después vino la interminable caminata con las manos atadas, la caída de la noche, los gritos gu-
turales a la orilla del desierto. Pronto, Marco se vio encerrado en el interior de una tienda de cam-
paña en solitario, rendido por el cansancio. Y se hizo la oscuridad.
El sueño se evaporó como por encanto, los colores de la pesadilla acabaron difuminados en el
silencio de la conciencia. Seguía con las manos atadas a la espalda, una bruma confusa mezclaba
los recuerdos como si el sueño no hubiera desaparecido totalmente, pareciera que la proximidad
del desierto creaba presencias a su alrededor.
Lentamente la puerta de la tienda se abrió, un penetrante perfume a mirra y áloe invadió la es-
tancia.
Marco creyó que venían a ejecutarlo, pero lo que apareció ante sus ojos fue una mujer, la mu-
chacha que pescaba en el río se había transformado en una seductora sacerdotisa.
Envuelta en gasas transparentes, se acercaba devorándole con los ojos, -ya no había ninguna
duda-, de Margarita Selene.
La mujer se quitó toda la ropa. Su cuerpo blanco, resplandeciente, ocupaba cada rincón de las
pupilas de Marco: los pechos, al tiempo redondos y puntiagudos, con una leve y armónica caída,
el triángulo negro del pubis, las caderas, los hombros y la cintura en cadencia, una combinación de
líneas perfecta en sí misma.
Obsesionado por el volumen de aquellas formas esplendorosas, deslumbrado por el territorio que
se extendía ante él, Marco vio cómo el resplandor del cuerpo de la muchacha estallaba, tiñendo el
mundo en un baño plateado, en una luz tan potente que nada más podía verse.