Página 86 - SENOHI

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RELATOS DE AMBIENTACIÓN HISTÓRICA |
I SENOHI
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Las manos de Marco, ya liberadas de sus ataduras, recorrieron los hombros y el cuello. Los pechos
desnudos se aplastaron contra su piel en abrasadora caricia. Reconoció el leve cuerpo de la mujer
sobre él, gravitando alterador de las leyes del mundo. Rasgó sus ropas antes de encerrarlo entre sus
piernas. Quiso hablar, pero los labios de ella sellaron su boca.
Durmió durante mucho tiempo, nunca sabría cuánto.
Al roce salado de la arena, reconoció poco a poco sus sentidos; el gusto, el tacto, doloroso y
blando, la vista deslumbrada, el sonido del silbo del desierto en los oídos... El campamento había
desaparecido sin dejar rastro. Llevó la mano al cuello, el medallón ya no se encontraba allí.
De bruces sobre la ardiente arena presintió la proximidad de la muerte, debía proteger sus ojos y
sus labios. El sol todavía no estaba en lo más alto. Por suerte se divisaban unas rocas a lo lejos, y
hacia allí intentó moverse, pesada, penosamente...
Una lejana caravana en el horizonte, un espejismo sin duda, hizo que avivara su marcha sobre
las dunas. Marco estuvo a punto de resbalar, alud de arena, abajo.
Debía seguir caminando o moriría, las rocas parecían estar a sólo cien metros pero las sombras
de los buitres ya dibujaban círculos negros en las dunas.
En un último esfuerzo Marco reptó hasta la sombra de la primera roca.
Alcanzado el terreno pedregoso, no se movería de allí hasta la noche. Entonces, a través del sudor
que bañaba su rostro, miró hacia arriba y la vio: llameante, los bordes confundidos entre la tierra y
el cielo. Apretó los ojos y los volvió a abrir, antes de perder otra vez el sentido: una cruz dorada,
agigantada por las luces implacables del desierto.
Despertó encima de un lecho de campaña, en el interior de una carreta en movimiento. Arón y
los viajeros que iban en la caravana, curaron las quemaduras de Marco, calmaron su sed, le admi-
tieron como a uno más.
Pronto se apercibió de su aspecto de esclavos fugitivos, pero aún así les acompañó agradecido y
no dudó en empuñar la espada cuando un destacamento de desertores del ejército de Marco An-
tonio, -mercenarios renegados que asaltaban a los viajeros por el botín-, les cercó en una estrecha
garganta.
Por suerte, la mayor parte de los atacantes eran mercenarios egipcios y nubios sin la menor dis-
ciplina. Marco reconoció el distintivo de los dos mejores y se dirigió hacia ellos espada en mano:
ex legionarios, desertores del ejército de Marco Antonio. Todos le vieron derribar adversario tras ad-
versario. Esa noche Arón, sentado frente a la fogata del campamento, le pidió que entrenara a sus
hombres.
El viejo Arón afirmaba cumplir las instrucciones de un Dios. Decía haber subido con él a un carro
de fuego, a bordo del cual recibió órdenes de partir con su pueblo hasta Galilea.
Ahora todos se dirigían hacia Alejandría para embarcar. Su destino: la tierra prometida.
La mujer de ébano le llamó desde la puerta y desapareció en el interior. Sus ojos, maquillados en
óvalo y, protegidos del sol y del polvo por el “kohol” negro, le animaron a seguirla. Marco dudó,
todas las casas parecían iguales en aquél suburbio. Atrás quedaban las cegadoras avenidas flan-
queadas por espejeantes palmeras y también las chabolas de adobe y barro. A su espalda, el puerto
de Alejandría desplegaba el bullicio habitual que se producía a la llegada de los pescadores: mujeres
bellísimas de túnicas transparentes, pechos desnudos y pelucas de colores, destacaban en una mul-
titud variopinta compuesta por griegos, judíos, romanos, fenicios, nubios... Los puestos del mercado
salpicaban las calles, ardientes al fulgor de plata y cobre de los pescados, plagados de miles de
aromas y de colores. Entre el caos y el vocerío de los vendedores, envuelto en el olor a especias, a
pescado, a flores y a estiércol, Marco descubrió al grupo de judíos. Arón regateaba el valor de las
provisiones que necesitarían en su largo camino. Marco se dirigió hacia la casa atravesando por
entre puestos de telas, algodón, pieles de tigre, seda, bronce, marfil, conchas de tortuga, cuernos
de rinoceronte, vino, miel, trigo, incienso, canela…de todo lo imaginable, pues el mercado se en-
contraba en plena actividad.
La penumbra acarició como una suave brisa su piel. Tuvo tiempo de entrever el giro de las caderas
de la mujer de ébano, que se perdía en el interior de la casa subiendo por una escalerilla circular.