Página 89 - SENOHI

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RELATOS DE AMBIENTACIÓN HISTÓRICA |
I SENOHI
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El gato blanco se deslizó suavemente hasta quedar oculto tras los estantes repletos de rollos de
papiros. De improviso, un escriba con una túnica blanca se acercó a Marco.
-No puede permanecer aquí sin autorización.
-Soy ciudadano romano. Traigo un encargo del centurión Lucio, dijo Marco mostrando su meda-
llón.
En cuanto vio el medallón el escriba le abrió paso sin rechistar y le indicó el camino. Marco dejó
atrás la entrada al museo y atravesó un pequeño patio flanqueado por macizos de azaleas y jazmi-
nes, para llegar ante una plaza con un estanque en el centro. El estanque, rodeado de palmeras,
daba entrada a tres pasillos diferentes por los que circulaba el aire perfumado del patio. Las filas de
columnas, salteadas cada cierto trecho por pequeñas fuentes de agua, sostenían verdes emparrados,
cubiertos de enredaderas doradas, que resguardaban a los estudiosos y a los escribas de los rayos
del sol.
Siguió al escriba egipcio a través de interminables pasillos. Bajaron más y más escaleras hasta
llegar a los sótanos donde trabajaban los copistas y los dibujantes. Sótanos rodeados de “armaria”,
habitados por papiros egipcios antiguos y multitud de copias de textos griegos. Al pasar ante los es-
tantes, Marco pudo leer los nombres de Tales, Pitágoras Euclides, Aristarco y Aristóteles, entre muchos
otros. ¡Cuánto daría por hacerse con copias de todos ellos!
El hombre no respondía a sus preguntas y sólo abrió la boca cuando le preguntó su nombre:
Mednesis.
La hermana pequeña de la gran biblioteca de Alejandría no daba la impresión de ser pequeña
en absoluto. Todo lo que pudo ser salvado del incendio de la gran biblioteca estaba aquí, todo eso
y mucho más.
Marco no fue capaz de contenerse y tomó entre sus manos el rollo de un discurso firmado por
Aristóteles, un texto desconocido, inédito en otro mundo.
El peso de los muros de piedra parecía aplastar su espíritu, junto con la incómoda sensación de
que miles de ojos le observaban desde la oscuridad.
Comenzaba a estar harto, ya era hora de cortar los hilos que le convertían en marioneta.
De pronto, su anfitrión egipcio se detuvo en seco. Varias mesas de mármol vacías rodeaban una
losa de piedra en forma de óvalo. Mednesis se acercó a la losa y apretó un resorte.
-Yo mismo lo traduje, aunque no aseguro exactitud desde luego..., dijo Mednesis con voz caver-
nosa.
El resorte puso al descubierto un pequeño compartimiento del que el egipcio extrajo el papiro. La
tinta estaba tan reciente que relucía. Marco había esperado algo más espectacular, quizá por eso
desconfió.
-Creí que sería el original.
-Imposible, el original no debe salir de la tumba. Además, no podrías descifrarlo, ni siquiera con
el talismán. Ahora escucha: ¿Quieres volver a tu mundo? ¿Deseas ser libre?
-¿Qué sabes tú de mí?
-Sé lo que quieren ellos, quieren el papiro para burlar al destino. También sé que vendrán más
como tú, y cada vez de futuros más lejanos. Ya están viniendo, aunque nosotros no podemos verlos.
Intentarán cambiar lo que ya está escrito.
-No creo ni una palabra de lo que dices, yo no creo en el destino.
-Por eso me ayudarás, por eso atravesarás el bucle de Cronos y entregarás el papiro falso. Tú
destruirás el talismán, si no lo haces nunca saldrás de aquí.
-Suponiendo que estuviera de acuerdo ¿Qué tendría que hacer?
-Embarcar, sólo embarcar.
-¿Embarcar? ¿Por qué? ¿Adónde?
-Tu barco es el Nicómedes, te está esperando en el muelle.
Dicho esto, el egipcio desapareció por una puertecilla lateral sin darle tiempo a más indagacio-
nes.