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los olvIDaDos DE la muErtE
UN RELATO DE
José Eduardo Barredo Cantuarias
E
l recuerdo más lejano que tengo de mí mismo ya casi se diluye en ese espejismo difuso de mi pa-
sado; pero el nítido tañido de las grandes campanas de la catedral de Burgos todavía conmueve
mis evocaciones con su solemne son de tiempo acumulado.Maecenas ac pulvinar diam, in tempor
purus.
El tiempo juega espejismos inconcebibles y algunas veces he creído que esa imagen borrosa de la legen-
daria figura del Campeador atravesando por las callejuelas solitarias, con su desterrada comitiva entre el
polvo y el destello de las armas, es sólo el resultado de tantos relatos fantásticos escuchados alrededor de
tantas hogueras como caminos hay en el mundo; porque para los viajeros que llevan su mundo en la espalda
las hogueras en las orillas de los caminos son un punto obligado de reunión donde se relatan aventuras y
desventuras,
Lo cierto es que desde esos tiempos remotos están grabados en mi alma con cicatrices indelebles los
áridos paisajes castellanos con la misma fuerza con que los armeros toledanos forjan sus espadas.
Los primeros años de mi infancia transcurrieron apaciblemente en el viejo mesón "El Cisne Negro": una
vetusta construcción de piedras amarillentas, que levantaba su agreste soledad entre los álamos polvorientos
del camino de Burgos a Soria y donde los viajeros encuentran un último refugio antes de la agotadora jor-
nada.
Según me enteré más tarde, mi amo, maese Téllez, me había encontrado llorando con incontenible
desconsuelo, debido al hambre y la soledad, en el borde de un sendero en las afueras de la ciudad. Su
natural bondad me salvó de la muerte y su sentido práctico me convirtió en su ayudante en los trabajos de
la taberna.
Alvaro Téllez era un hombre singular; enviudó muy joven y aprendió a vivir sin melancolía con la so-
ledad, pero no podía ocultar tras su áspera rudeza la bondad de su alma. A su modo se preocupó por mí:
entre gritos amenazantes, "para aligerar el cuerpo", y largos sermones basados en una original mezcla de
sabiduría popular y religión, "para aligerar el alma". Trataba, dentro de su ignorancia, de darme una edu-
cación basada en "el temor a Dios y el respeto al prójimo".
No, de ningún modo era un mal hombre el mesonero. Poseía un pequeño número de sólidas convic-
ciones que lo mantenían al margen de cualquier desilusión. Tampoco la vida allí era desagradable; los pa-
rroquianos habituales me trataban con esa ruda condescendencia propia de los hombres humildes: "Alvarillo,
vuela con una pinta antes que te arranque las orejas", y yo con la agilidad de mis piernas adolescentes me
deslizaba como una anguila entre las mesas repletas de ruidosos bebedores con desbordantes jarras de os-
curo vino manchego.
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