Página 90 - SENOHI

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RELATOS DE AMBIENTACIÓN HISTÓRICA |
I SENOHI
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VI
Marco, sentado en el muelle, apretaba el papiro contra su pecho. Enfrente, los tripulantes del Ni-
cómedes descargaban la mercancía. El mar parecía tranquilo, demasiado tranquilo.
Marco no sabía que, -oculto entre las sombras-, le acechaba un guerrero con intención de matarle.
Asdrub, un veterano de la batalla de Accio, un asesino de origen cartaginés, que había servido en
casi todos los ejércitos y ahora alquilaba su espada al mejor postor.
Marco no escuchó los disparos, amortiguados por el silenciador pero Asdrub, fulminado por el
fuego de los dioses, no llegó a sacar su espada.
El cadáver fue apartado convenientemente por unas manos invisibles, para que Marco no pudiera
verlo, y después colocado junto a otros caídos en batalla.
Entretanto Marco caminaba ensimismado por el muelle hacia la escalerilla del barco, ya no sabía
si era el Marco, propietario de una empresa editorial que sueña que es un soldado romano, o si era
el soldado romano que sueña que es Marco, propietario de una empresa editorial.
En lo alto de la escarilla dudó y, por un momento, miró a su alrededor con desconfianza, Arón y
sus amigos debían de andar cerca. Quizá ya embarcaron en alguno de los grandes veleros que zar-
paban en ese mismo momento.
El patrón del Nicomedes le condujo hasta la cubierta de proa. Los remeros comenzaron la ma-
niobra tras soltar amarras.
El capitán, un hombre rubio, gigantesco y taciturno, le miró con desconfianza desde el principio.
La desconfianza era mutua, por eso Marco evitó separarse del pergamino y conservó a mano su
daga.
-¿Hacia dónde vamos?
-Las órdenes son desembarcar en Atenas, siempre que el divino Poseidón, el agitador de los mares,
lo permita.
No iba a ser una travesía tranquila. Un mar embravecido se unía al creciente descontento abordo.
La madera crujía con lastimeros quejidos. Tres marineros griegos habían muerto en las reyertas, que
brotaban por cualquier motivo, los hombres se exaltaban o se concentraban en sí mismos como si
presintieran algo funesto, un cielo negro amenazaba temporal.
Y cuando llegó la tempestad ningún rincón quedó a salvo. El mar se adueñó del barco y de las
vidas de sus ocupantes, irrumpiendo incontenible. Poseidón enfurecido, Cronos dispuesto a alterar
sus propias leyes.
Lo último que vio Marco fue la ola que arrasó la cubierta, después algo le golpeó en la cabeza
borrando todos sus recuerdos.
Entre tanto Mednesis imagina la expresión de ira en el rostro de Arisístedes al recibir la noticia del
naufragio y de la pérdida del papiro.
El griego seguiría confinado durante mucho, mucho tiempo... Toda una eternidad. Mednesis toma
la pluma y escribe sobre el viejo papiro, viejo y rugoso como la tierra. Escribe y sonríe tal como son-
reiría un demiurgo bromista, observando los esfuerzos de Marco, que cree escribir su propia historia
abordo de una galera romana, muy cerca del delta del Nilo. O quizá, también Mednesis imagina
que ha mojado la pluma y que traza líneas sin sentido mientras goza con el supuesto infortunio de
Arisístedes, su rival.