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la FuErZa DE los HECHIZos
UN RELATO DE
Jesús Perezagua Delgado
F
rancisca María González, aunque a punto estuvo de sufrir los rigores del Santo Oficio por un mal
probado delito de superstición, no fue una mala cristiana, ni siquiera una mala persona, como
después se verá. Poco antes de acabar el siglo XVII fue acusada de sortílega, adivinadora y em-
bustera; y todos esos títulos por echar las suertes de las habas y las cartas a sus convecinas, haciéndolas
creer lo que ellas deseaban escuchar, sobre todo en materia de amoríos. Pero comencemos por el principio,
advirtiendo al lector que lo a continuación narrado ocurrió casi realmente como va escrito.
Natural de Jerez de la Frontera, Francisca estaba casada con Lucas Fernández, un gallego que tenía gracia
hecha de plaza de guarda en el Real Sitio de Aranjuez, por medio del duque de Osuna. Habían vivido en los
lugares de Pantoja y de La Alameda, del arzobispado de Toledo, donde ella se había ganado unos reales
como costurera remendando lo poco que le llegaba de la calle. Y fue en esos lugares donde se ganó mere-
cida fama de curadora de hechizos y arregladora de entuertos amatorios, que habrían de aportarla pocos
beneficios y más que un sobresalto. Ella nunca se consideró una corredera o alcahueta, sino más bien una
algebrista de voluntades y zurcidora de amores.
Gracias a ciertas amistades de su marido y, por qué no decirlo, a la influencia de una señora principal de
la comarca que visitaba su casa atraída por su arte y fama, entró a servir en la de doña María Teresa Fajardo
Chacón de Toledo, marquesa de los Vélez, de Molina, de Martorell, y señora de no sé cuántos lugares más.
Su abuela, doña María Engracia de Toledo, había sido camarera mayor y persona de máxima confianza de
la reina madre doña Mariana de Austria, y aya del príncipe Carlos cuando éste nació; y su padre, don Fer-
nando Joaquín Fajardo Chacón de Toledo, sirvió como caballerizo mayor de la reina doña María Luisa de
Orleans, primera mujer que fue del rey Carlos II. Esto viene al caso para dejar constancia que Francisca,
cuando hablaba de asuntos palaciegos, y aunque fuera una humilde sirvienta en casa ajena, siempre lo
hacía a sabiendas, habida cuenta que era una impenitente fisgona de disimulado oído y de curiosidad ina-
gotable.
El caserón donde entró a servir Francisca se encontraba en el centro de la villa de Aranjuez, muy próximo
al palacio de los duques de Medinaceli, noble villa donde los reyes y su familia se trasladaban todas las pri-
maveras acompañados de un séquito multitudinario. En realidad, el pueblo entero vivía de estas jornadas
reales: unos, ocupados en la conservación y cuidado del palacio; otros, en las labores de los jardines, huertas,
bosques y coto; los que podían, alquilando sus casas a tanto forastero que venía de Madrid; comerciantes y
aprovisionadores de todo lo necesario, haciendo su agosto y su vendimia; y algunos afortunados, como fue
el caso de Francisca, empleados en las casas de aquellos nobles que mantenían casa abierta todo el año,
aunque sólo la usasen por temporadas.
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