Página 96 - SENOHI

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RELATOS DE AMBIENTACIÓN HISTÓRICA |
I SENOHI
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No tardó Francisca en entablar amistad con Gaetana, la vieja ama de llaves de la casa, con la
que pasaba largas veladas en conversación los meses que no acudían los señores. Por ella pudo
enterarse de la gran afición que doña María Engracia, la abuela de la señora, tenía de coleccionar
reliquias. En su viaje a Roma consiguió varias de ellas, algunas de las cuales utilizó durante la crianza
del príncipe heredero. Estos santos objetos, a manera de amuletos, acompañaron al rey desde el
momento mismo de nacer, y algunos de ellos los siguió llevando consigo en edad adulta, le contó
Gaetana. En correspondencia, Francisca confió a su compañera la de bolsas, saquillos y faltriqueras
que habría visto ella para esos menesteres. Y en ellos, de lo más variado en función de su uso:
habas, naipes, papelillos escritos, tierra de cementerio, huesecillos, dientes de ahorcado, cabos de
velas, trozos de tela, soga de ajusticiado, pelos, uñas... Pero claro, no tenían ni comparación con
los amuletos del rey, sustentados en costosas reliquias de santos que no estaban al alcance de cual-
quiera. Porque era el rey y porque cualquier protección era poca: desde hacía unos años corría por
todo el reino la creencia de que el rey estaba hechizado, creencia que tomó cuerpo al comprobarse
definitivamente que era incapaz de procrear. Francisca tenía su propia teoría sobre eso, pero se aho-
rró comentarios con el ama.
Encandilada con estas historias, Francisca buscaba cualquier escusa para preguntar sobre las
cosas de palacio. Fue así como conoció la infancia del rey y el papel jugado por doña Engracia en
su crianza. Carlos II nació, el 6 de noviembre de 1661, en la pieza de la torre del Alcázar de Madrid,
fruto del último disparo de ese gran cazador que fue Felipe IV con su sobrina la archiduquesa Ma-
riana de Austria, la que fuera prometida de su difunto hijo Baltasar Carlos. Carlos nació en días de
luto, cinco días después de la muerte de su hermano Felipe Próspero, que contaba con tan sólo
cuatro años de edad. Era ya el segundo Príncipe de Asturias malogrado. El primero, el ya mencio-
nado don Baltasar Carlos, había muerto en Zaragoza, quince años atrás, de unas viruelas malignas:
no llegó a cumplir los dieciséis años. Su cuerpo fue embalsamado para ser trasladado al Panteón
de Infantes del Monasterio del Escorial, donde recibió cristiana sepultura; pero sus vísceras, por
cuestiones del viaje, se quedaron en Zaragoza, siendo depositadas en el altar mayor de la catedral
de La Seo. Con tanto príncipe muerto, el nacimiento de Carlos II se convirtió en cuestión de Estado.
Era la última oportunidad para un Felipe IV decadente y achacoso, y toda Europa tenía puestos los
cinco sentidos en el acontecimiento. Para asegurar un feliz parto, la cámara de la reina fue atestada
de imágenes de santos, pilas de agua bendita y, sobre todo, reliquias, entre las que había algunas
de la mejor calidad: tres espinas de la corona de Cristo, un clavo y un fragmento de la Cruz, un
diente de San Pedro, una pluma del arcángel San Gabriel, un trozo del manto de Nuestra Señora,
y hasta el bastón de Santo Domingo de Silos.
Así las cosas, estando Felipe IV en las últimas, y con un príncipe heredero entre algodones, doña
Engracia, su aya, se vio inmersa en una de las misiones más delicadas de la historia de los Habs-
burgo españoles: hacer llegar a la mayoría de edad a la última esperanza de toda una dinastía. Y
no fue tarea fácil. El joven rey fue alimentado por catorce amas de cría titulares, y otras tantas de
respeto, hasta los cuatro años de edad, el mismo año en que murió su padre; y si no siguieron ha-
ciéndolo fue por decoro, pues el niño ya era rey y les horrorizaba que en las cortes europeas dijeran
que el rey de España pecaba de mamón.
En la difícil tarea de la crianza les echó un capote una reliquia prodigiosa: nada más ni nada
menos que leche de Nuestra Señora la Virgen María, que era propiedad de doña Engracia. Pero, a
pesar de los extremados cuidados y de traerle como un palmito, el niño crecía débil, enfermizo y
con un retraso tan evidente que no escapaba a las miradas de los embajadores destacados en Ma-
drid. Fue criado sobre los brazos y las rodillas de las damas de palacio hasta la edad de diez años,
pues su aspecto raquítico le impedía caminar. Cuando empezó a hacerlo solo, era sujetado por
unas correas o traíllas que rodeaban sus axilas y cintura, debidamente disimuladas bajo los amplios
ropajes. Frecuentes catarros, fiebres, diarreas y crisis convulsivas marcaron una infancia escrofulosa
y enfermiza. Por si fuera poco, temiendo que el joven rey se debilitara física y mentalmente, no se
atrevieron a hacerle estudiar en demasía. Como resultado, nunca fue capaz de leer ni escribir, apren-
diendo tan sólo a garabatear su nombre. Y hablar, lo que se dice hablar correctamente, no lo hizo
hasta los diez años de edad.