Página 97 - SENOHI

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RELATOS DE AMBIENTACIÓN HISTÓRICA |
I SENOHI
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Un negro vaticinio que corrió de boca en boca por Madrid le persiguió desde la cuna: un presti-
gioso astrólogo había vaticinado que aquel niño no llegaría a cumplir los diez años. Por eso, cuando
en la primavera de 1669, a los ocho años de edad, Carlos II estuvo al borde de la muerte, toda Eu-
ropa estuvo en vilo (por la sucesión, más que por otra cosa). Y no fue la única vez. Nuevas fiebres
en mayo de 1670 hicieron creer a todo el mundo que de aquella enfermedad no pasaba. Pero se
equivocaron una vez más, y el rey endeble siguió viviendo contra todo pronóstico. Cuando cumplió
los catorce años y fue coronado, apenas si se tenía en pie, y el nuncio Nicolini dijo de él que «ordi-
nariamente se muestra abúlico, apático e insensible, torpe e indolente y parece que está atontado».
El pueblo llano, intentando explicar la situación, sentenció que el deterioro físico y el retraso de las
capacidades intelectuales del rey se debían a un maleficio. Y tanto caló en el ánimo de todos, que
hasta el primer confesor de su recién estrenada madurez se atrevió a preguntar al propio monarca
si se sentía hechizado.
Francisca estaba fascinada con estas historias, algunas de ellas contadas por unas damas que
vestían de gorgorán y peinaban tirabuzones, habituales en el palacio de los Vélez todos los martes
por la tarde de aquella primavera de 1696, a la hora del chocolate. Las señoras degustaban en el
salón principal la suculenta merienda con que la marquesa les agasajaba, donde no faltaban los
refrescos de azahar y canela, agua de cebada y diacitrón —bebida ésta de confitura de cabello de
ángel diluido en aloja puesta de moda por la reina—, que hacían siempre buen maridaje con las
empanadas calientes, los hojaldres rellenos, las costradas de limoncillos y huevos mejidos, el dulce
de huevo hilado, los buñuelos de manjar blanco, las frutas de sartén, ginebradas, almojábanas y el
dulce de Génova. Sin olvidar el chocolate espeso aromatizado con vainilla, tan afamado en todo
Aranjuez, que los cocineros reales no consiguieron nunca imitar. A veces, las meriendas se alargaban
tanto que, añadiendo unos pastelones de ternera, pollo y cañas calientes, pasaban por cenas.
Una de las asiduas a aquellas reuniones resultó ser doña Catalina de Sentmenat, a la sazón con-
desa de Cedillo y por entonces recientemente nombrada dama de la reina doña Mariana de Neo-
burgo. Solía acudir, cuando sus ocupaciones de palacio se lo permitían, acompañada de una
asistenta llamada Rosa Frigola, de nación catalana, que pronto se granjeó la amistad de Francisca.
Mientras sus señoras se ponían al día de todas las novedades de la corte, amén de algunos enredos,
cuernos e intrigas, que nunca faltaban, los entreactos de las meriendas siempre fueron buena excusa
para que Rosa y Francisca intercambiaran confidencias acerca de sus personas, que sirvieron para
que entre ellas surgiera un clima de confianza y amistad que les hizo sentirse muy unidas. Fue así
como Francisca conoció la preocupación que embargaba a su amiga, fruto de un amor aún no co-
rrespondido, y cómo Rosa descubrió la afición de Francisca de mediar en negocios de amoríos.
Las largas avenidas de olmos y tilos que bordean el Tajo se convirtieron en el lugar preferido por
ambas para hablar con discreción de sus inquietudes. Paseos compartidos con otras sirvientas de
las mejores casas de Aranjuez, que acabarían encendiendo una luz de esperanza en los sueños de
Rosa. Una tarde, caminando y hablando, siempre algo retiradas de sus compañeras para no ser
oídas, Francisca se ofreció a poner remedio a su desasosiego, que no era otro que el amor que
sentía por Adriano, un lozano alabardero de la Guardia Tudesca, destinado eventualmente en el
Escorial y con el que había tenido un ardiente romance dos años atrás, que la había dado esperanzas
de matrimonio. «Difícil misión, pero no imposible»
tuvo que pensar Francisca
, quien se tomó como
un reto personal que el soldado se ablandase a los deseos de Rosa y cumpliese pronto la promesa
de matrimonio. Para conseguirlo, conocía todo tipo de conjuros y oraciones para hacer que un hom-
bre quisiese bien a una mujer, además de otras habilidades relacionadas con el conocimiento del
porvenir mediante la adivinación, curar el mal de ojo, y la magia amorosa en todas sus facetas:
enamorar, desenamorar, saber si una persona es querida, y retener el amor de maridos o amantes.
Y así se lo confió a su compañera, dándole palabra que el alabardero caería rendido a sus pies en
poco tiempo. Rosa quedó en un primer momento confusa y recelosa ante los conocimientos de Fran-
cisca; sin embargo, intuyendo el mucho beneficio que podría obtener con ellos y el poco mal que
a nadie hacía, dejó atrás cualquier escrúpulo y se plegó al punto a los planteamientos de Francisca.
Antes de despedirse aquella tarde, convinieron que todo habría de hacerse en el mayor de los sigi-
los.