Página 98 - SENOHI

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RELATOS DE AMBIENTACIÓN HISTÓRICA |
I SENOHI
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Las informaciones que llegaban del entorno más próximo al rey eran escasas y debidamente fil-
tradas, pero el oído bien dispuesto de Francisca la mantenía al corriente de cualquier novedad. Las
noticias que conseguían traspasar los muros de palacio no eran nada halagüeñas. El rey, que tenía
ya treinta y cuatro años de edad, padecía de continuos episodios de fiebres, diarreas y vómitos que
eran atajados con las consiguientes sangrías, purgas y dietas que le minaban las pocas fuerzas que
conservaba. «Parece un viejo consumido»
oyó decir a una marquesa emperifollada, que venía a re-
sumir en cuatro palabras la ruina física y las graves afecciones que padecía el monarca.
Y si la enfermedad del rey era preocupante, más lo era su falta de descendencia. Su primer ma-
trimonio con doña María Luisa de Orleans, sobrina del rey francés, no trajo descendencia alguna.
En las calles de Madrid se llegó a decir que la francesa era estéril, pero la cancillería francesa, que
tenía otra teoría, organizó una rocambolesca intriga para hacerse con unos calzones del rey, obvia-
mente manchados con sus efluvios, para demostrar que el impotente era él. Nada se sacó en claro,
aunque más tarde Luis XIV supo, por medio de su sobrina, que el rey español era incapaz de yacer
productivamente con una mujer. Vamos, que ella seguía tan virgen como antes de casarse, pues no
se pudo consumar el acto matrimonial por la precocísima eyaculación del rey.
La segunda esposa de Carlos II fue la sajona doña Mariana de Neoburgo, elegida simplemente,
y a la desesperada, por la gran fecundidad de su madre, que había parido veintitantas veces. Pero
de nuevo, la ansiada descendencia no llegaba: el 4 de mayo de aquella primavera de 1696 cele-
braron el sexto aniversario de su casamiento, y los infantes brillaban por su ausencia. Las malas len-
guas ya empezaban a apuntar al monarca como responsable de la esterilidad de sus dos
matrimonios, eximiendo a sus esposas, a las que el pueblo sabio bautizó con el nombre de «las dos
Marías», pues su virginidad quedó demostrada. Y de nuevo, la sombra de un maleficio volvió a re-
correr las calles de Madrid, al que se atribuía, en primera instancia, la infertilidad del rey.
A primeros de mayo, al Real Sitio llegó noticia de Madrid del grave estado de postración en que
se encontraba la reina madre, portadora de un incurable cáncer en un pecho que había ocultado
desde hacía tempo por pudor. El rey, muy aprensivo con sus dolencias y las de sus familiares, dio
por concluida la jornada en Aranjuez. Todo ocurrió muy rápido: el miércoles 16 de mayo de ese
año de 1696 murió la reina madre en el palacio expropiado a los duques de Uceda, donde había
vivido los últimos años apartada del boato de la corte y de las insidias de su nuera. Su cuerpo fue
expuesto en palacio, sobre una cama de plata, hasta el domingo siguiente, día de los funerales ofi-
ciales. Al acabar éstos, fue trasladado el féretro sobre unas ricas andas tapizadas de brocado de
oro y plata hasta El Escorial, donde fue entregado, el jueves 24, al prior de la comunidad de monjes
Jerónimos.
Tras enterrar a su madre, y a las pocas semanas de regresar a Madrid, el rey enfermó tan grave-
mente de tercianas que se temió por su vida. Se llegó al extremo de llevar el cuerpo de San Isidro a
palacio, pues los galenos no daban con el remedio para su curación. Y eso que lo intentaron todo:
sanguijuelas, ventosas, aceite de vitriolo, quina… El día 11 de septiembre hubo gran alarma en la
corte, hasta el punto de administrarle la extremaunción. Pero la recuperación llegó en octubre, para
fastidio del rey francés, siendo devuelto San Isidro a su capilla. Se supo después que el rey, tras
haber experimentado en carne propia la eficacia de la reliquia, no pudo sustraerse a la tentación
de quedarse con un diente de la calavera, que guardó a manera de amuleto sagrado para su pro-
tección personal.
Francisca y su marido, que se habían trasladado a Madrid junto a la servidumbre de los Vélez con
motivo de las exequias reales, quedaron instalados en el palacio que estos tenían en pleno corazón
de la villa y corte. Siguiendo las indicaciones anotadas en un billete, pudo localizar con bastante fa-
cilidad a su amiga Rosa en la casa de los Cedillo, reanudando juntas al poco los paseos fraternales
que tan unidas las tuvieron en Aranjuez. No tardó en salir a relucir, y en solicitar su amiga, el favor
prometido de atraer a sus deseos al soldado que la tenía encandilada, y menos aún tardó Francisca
en ponerse manos a la obra.
Convinieron en verse una tarde a solas detrás de las tapias de la huerta del Duque, alejadas de