Página 99 - SENOHI

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RELATOS DE AMBIENTACIÓN HISTÓRICA |
I SENOHI
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miradas indiscretas, pues las circunstancias así lo demandaban. Llegado el momento, tras cerciorarse
de que nadie las veía y amparadas en amplios embozos, procedieron a ejecutar aquello que allí les
había llevado. Francisca sacó de una faltriquera nueve pares de habas, tantas machos como hem-
bras, que según ella estaban bautizadas en tres iglesias de Toledo. Y junto con ellas, unos trozos de
paño colorado y azul, unos granos de sal, piedra de alumbre, azufre, un poco de cera, carbón y
yeso, todo bien aderezado. Lo mezcló y revolvió todo entre las manos, mudándolo de una a otra
varias veces, tras lo cual, ante la cara atónita de Rosa, exclamó:
«Habas que entre el cielo y tierra fuisteis sembradas, con rocío del cielo fuisteis rociadas: así
como esto es verdad, me declaréis lo que os fuere preguntado. Os conjuro con San Pedro, con San
Pablo, con el apóstol Santiago, con el seráfico San Francisco, con la Virgen de la Verdad, con el ara,
con la ostia consagrada, con el clérigo que está revestido en el altar, con el libro misal, con las tres
misas que dice el clérigo la mañana de navidad, con la santa casa de Roma, con los hijos de Israel,
con el mar, con las arenas, con el cielo, con el suelo, con los siete cielos, con la virtud que hay en
ellos, con la Santísima Trinidad: habas, que me digáis la verdad de esto que os fuere preguntado. Si
Adriano a Rosa ha de amar, hacédmelo manifestar».
Y dicho esto, arrojó todo lo que sus manos guardaban encima de su regazo, estudiando en silen-
cio, a renglón seguido, la ubicación de cada cosa. Esto lo repitió tres veces, explicando a su amiga
que la cosa iba en buenas, pues en las tres ocasiones había salido una haba macho junto a una
hembra, y eso era señal de buen augurio. Para amarrar aún más el buen vaticinio, Francisca sacó
un mazo de naipes y se dispuso a echar con ellos la suerte de la baraja. Mezcló bien las cartas, una
y otra vez, a la par que decía este conjuro:
«Os conjuro naipes, con Adán y Eva, con el clérigo que la misa celebra, con el Norte que a
los marineros guía, que me digáis la verdad: si es que Adriano quiere bien a Rosa, que salgan juntos
ella y él».
Y como quiera que varias veces salieron el caballo y la sota de bastos no más separados de doce
naipes, Francisca dio total crédito a lo que las suertes mostraban. Y con esta creencia y certeza de
que habría de suceder lo que las suertes decían, las dos amigas se abrazaron con mucho regocijo
y celebraron el buen rumbo que la empresa tomaba. Antes de despedirse, Francisca dio a Rosa un
pedacito de piedra de alumbre a fin de asegurar bien el resultado final: la próxima noche de luna
llena debía hacer un conjuro, echando la piedra al fuego y recitando una oración que al punto le
enseñó:
«Piedra alumbre, con Barrabás, con Satanás, con el diablo cojuelo que puede más: así como te
has de quemar, se queme el corazón de Adriano hasta que me venga a buscar».
Algunos meses después de aquel lance, la familia real se trasladó al Monasterio de San Lorenzo
del Escorial con motivo de supervisar unas obras que se realizaban en la Cripta Real. Acompañán-
dola fueron todo lo mejor de la nobleza madrileña, conformando un séquito de más de tres mil per-
sonas entre soldados, nobles, clérigos y servidumbres. Y entre todos ellos, ocupando el humilde
lugar que le correspondía, viajaba Francisca, ajena a los dislates que se avecinaban. Durante el
viaje, y siempre que sus ocupaciones le daban un respiro, buscaba a Rosa entre el cortejo a fin de
preparar el tan anhelado encuentro con su amado. La cercanía del momento las tenía tan inquietas
y entusiasmadas, que el camino a través de la sierra les pareció un delicioso paseo. Una vez llegados
al Escorial, y tras franquear ceremoniosamente los reyes las puertas del monasterio, cada cual se
acomodó en su morada, y los más donde pudieron.
No se volvieron a ver las dos amigas hasta pasados diez días, en el transcurso de los cuales su-
cedieron cosas notables. Según oyó relatar Francisca en casa de sus señores, el rey, que llevaba en-
fermo desde que nació, apenas se alimentaba, pues sus arcadas dentarias no confrontaban y se
comía todo sin masticar, vomitándolo la mayoría de las veces. Por aquel entonces se encontraba ya
muy agotado por causa de las continuas fiebres y desmayos convulsivos que padecía, agravado
todo por las ineficaces sangrías a las que le sometían los inoperantes galenos de la corte. De ahí
que su aspecto fuera más deplorable que nunca, máxime debido a la pérdida de cabello que le
había infringido la enfermedad.
En esos días un rumor ya corría por todo el lugar: que el verdadero motivo de aquel viaje al Es-